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BIBLIOGRAFÍA DE VÍCTOR VIRGÓS

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"LA CASA DE LAS 1000 PUERTAS" -A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES-

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"EL HOTEL DE LAS ALMAS PERDIDAS". A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES

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"EL SANTUARIO DE LAS ROSAS NEGRAS" (EN PROCESO DE GESTACIÓN)

"SELENE MOON" (EN PROCESO DE GESTACIÓN)
"EL CLUB DE LOS MUERTOS VIVIENTES" (EN PROCESO DE GESTACIÓN"

AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD

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"LA PUERTA DE LOS SUEÑOS" VÍCTOR VIRGÓS

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"LA PUERTA DE LOS SUEÑOS"

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"LA PUERTA DE LOS SUEÑOS". VÍCTOR VIRGÓS.

BÁRBARA Y MIRANDA SON TESTIGOS DE UNA REUNIÓN CLANDESTINA DE UNA PELIGROSA BANDA DE FACINEROSOS.

SU INTROMISIÓN ACABARÁ POR ARRASTRARLAS HASTA UN DESCONOCIDO, INHÓSPITO Y DESHABITADO PUEBLO TUROLENSE, DONDE MANFRED BÖHER LLEVA A CABO UN DEMENCIAL PROGRAMA TERAPÉUTICO QUE EL LUNÁTICO MESÍAS HA DADO EN LLAMAR "LA PUERTA DE LOS SUEÑOS". SUS VIDAS CORREN PELIGRO EN MANOS DEL ESPURIO SANADOR Y SU CUADRILLA DE ENAJENADOS PROSÉLITOS.

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LA MODELO DANESA SISSEL MADSEN ES SECUESTRADA Y DESAPARECE JUNTO A UN HOMBRE DE ENIGMÁTICA CATADURA POR ENCARGO DE UN NEFARIO EMIR.

UN TESTIGO FORTUITO RECOGERÁ UN PERIÓDICO QUE LA MODELO ARROJA AL SUELO, CON UNA ÚNICA PISTA DE SU PARADERO ESCRITA EN TINTA ROJA DE CARMÍN: "ISLA DIAMANTE".

EL HOTEL DE LAS ALMAS PERDIDAS



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CASSANDRA KOWALSKA, LA NUEVA VOCALISTA DE LA BANDA TUROLENSE SIRENAS IN LOVE, ACUDE AL HOTEL DE LAS ALMAS PERDIDAS PARA OFRECER UN CONCIERTO EN DIRECTO.

ALLÍ SE TOPARÁ CON LA PELIGROSA BANDA DE FORAJIDOS DE BARRABÁS, QUE ACABA DE ESCAPAR DEL PENAL.


EL HOTEL DE LAS ALMAS PERDIDAS

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"SOL TENEBROSO"

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"SOL TENEBROSO" (A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES)

ARTURO SUCHIL RECIBE UNA CARTA DE SU ESPOSA PAOLA DESPUÉS DE 20 AÑOS, PERO PAOLA FUE ENTERRADA EN UNA CRIPTA DE LA ISLA DE TABARCA CUANDO MURIÓ AHOGADA AL SALIRSE SU COCHE DE LA CARRETERA Y SUMERGIRSE EN EL MAR.

ARTURO DEBE DESCUBRIR QUÉ SUBYACE TRAS LA REPENTINA "RESURRECCIÓN" DE PAOLA, QUIEN LE CITA EN EL DEPRIMENTE Y AISLADO PUEBLO TUROLENSE DE OJOS NEGROS.

"EL LABERINTO DEL SOL Y LA LUNA"

"EL LABERINTO DEL SOL Y LA LUNA"

"EL LABERINTO DEL SOL Y LA LUNA"

"EL LABERINTO DEL SOL Y LA LUNA" (A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES)

CASSANDRA KOWALSKA ES CITADA EN LA GESTORIA DE AMANCIO GUEVARA, EN PUEBLA DE SANABRIA, PARA LA LECTURA DE LAS ÚLTIMAS VOLUNTADES DE SU ABUELO, QUIEN LE DEJA TODA SU FORTUNA.

VLADIMIR KOWALSKA GUARDABA MUCHOS SECRETOS Y SU ACÉRRIMO ENEMIGO, AMANDO SALCEDO, NO PUEDE PERMITIR QUE SALGAN A LA LUZ. ENVIARÁ A SUS SICARIOS TRAS LAS HUELLAS DE CASSANDRA PARA RECUPERAR ALGO QUE SU PADRE LE ROBÓ ANTES DE SIMULAR SU PROPIA MUERTE Y LA DE SU MUJER.

LA MANSIÓN DE LOS AMORES MALHADADOS

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LA MANSIÓN DE LOS AMORES MALHADADOS (A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES)

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ARINSAL FUE BRUTALMENTE APALEADA Y VIOLADA POR UNOS HOMBRES 5 AÑOS ATRÁS EN UN SUBURBIO DE JORDANIA. LA DIERON POR MUERTA, PERO SOBREVIVIÓ, Y AHORA HA REGRESADO PARA COMENZAR UNA CRUZADA PERSONAL VINDICATIVA CONTRA TODOS ELLOS. NADIE ESTÁ A SALVO, NI SIQUIERA CARMELO DE LA PRIDA, UN HOMBRE ABYECTO Y PODEROSO QUE SE REFUGIA DEL MUNDO EN EL INEXPUGNABLE CASTILLO DE ARCALÍS.

AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD (EN PROCESO DE GESTACIÓN)

AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD (EN PROCESO DE GESTACIÓN)

AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD

"AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD"

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CUANDO ÁLEX MERCURY OBSERVA EL EXTERIOR A TRAVÉS DE LA VENTANILLA DEL TREN, VISLUMBRA ATÓNITO EL ESPERPÉNTICO, SINIESTRO Y DESOLADOR PAISAJE DE "JYS; LA ESTACIÓN DEL TIEMPO".

TRACI NO ESTÁ A SU LADO; HA DESAPARECIDO, AL IGUAL QUE EL RESTO. EL TREN ESTÁ VACÍO. NO HAY NADIE, SÓLO SILENCIO Y UNA LUZ CENICIENTA QUE LO ENVUELVE TODO EN UN SUDARIO GRIS OSCURO.

ALGO INEXPLICABLE SUCEDIÓ CUANDO LOS HACES DE LUZ ENGULLERON AL TREN, CUANDO CRUZÓ AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD.

"AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD"

"AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD"

"EL SANTUARIO DE LAS ROSAS NEGRAS" EN PROCESO DE GESTACIÓN

"EL SANTUARIO DE LAS ROSAS NEGRAS" EN PROCESO DE GESTACIÓN

"EL SANTUARIO DE LAS ROSAS NEGRAS" EN PROCESO DE GESTACIÓN

EL SANTUARIO DE LAS ROSAS NEGRAS (EN PROCESO DE GESTACIÓN)

EL PUEBLO BURGALENSE DE CORTIGUERA PARECÍA ABANDONADO, DEVORADO POR LA VEGETACIÓN SALVAJE, TAN HERMOSO Y ESPECTRAL A LA VEZ, CON AQUELLAS MANSIONES BLASONADAS DONDE YA NO VIVÍA NADIE. LAS BARRERAS A LA ENTRADA DEL PUEBLO, CON AQUELLA PROHIBICIÓN EXPLÍCITA DE ACCESO A LOS NIÑOS, RESULTABAN INQUIETANTES; TANTO COMO EL ALBINO DE OJOS AZULES, TANTO COMO EL EXIGUO REDUCTO DE HURAÑOS LUGAREÑOS QUE PROTEGÍAN CON DESPROPORCIONADO CELO EL BOSCOSO SENDERO QUE CONDUCÍA AL SANTUARIO DE LAS ROSAS NEGRAS.

SELENE MOON

SELENE MOON

"SELENE MOON"

"SELENE MOON" (EN PROCESO DE GESTACIÓN)


CUANDO EL DETECTIVE ORLANDO TÜNNERMANN ACUDE AL TEATRO "LA CUARTA PARED" PARA ASISTIR A LOS ENSAYOS DE LA OBRA "LA NOVIA DE LA MUERTE", LE ANUNCIAN QUE LA BAILARINA PRINCIPAL, SELENE MOON, HA DEJADO LA COMPAÑÍA TEATRAL PRECIPITADAMENTE, SIN PREVIO AVISO, ENVUELTA EN UN HALO DE MISTERIO Y URGENCIA.

EN SU CAMERINO, ORLANDO ENCUENTRA UNA PEQUEÑA CUARTILLA CON UN SUCINTO MENSAJE ESCRITO: "NO DEJES DE BUSCARME, DETECTIVE"

EL CLUB DE LOS MUERTOS VIVIENTES

EL CLUB DE LOS MUERTOS VIVIENTES

EL CLUB DE LOS MUERTOS VIVIENTES

EL CLUB DE LOS MUERTOS VIVIENTES

EL CLUB DE LOS MUERTOS VIVIENTES

EL CLUB DE LOS MUERTOS VIVIENTES (EN PROCESO DE GESTACIÓN)

EL CLUB DE LOS MUERTOS VIVIENTES HA VUELTO A REUNIRSE. SIN EMBARGO, EL MUNDO AL QUE RETORNAN HA CAMBIADO DRÁSTICAMENTE. CORRE EL AÑO 2133. LA POBLACIÓN MUNDIAL HA QUEDADO DIEZMADA A CAUSA DE LA REBELIÓN DE LOS ROBOTS Y DE UNA CORPORACIÓN TAN CLANDESTINA COMO PODEROSA CAPAZ DE CONTROLAR LA VOLUNTAD Y EL DESTINO DE LOS SERES HUMANOS POR MEDIO DE UNOS CHIPS ELECTRÓNICOS QUE LES HAN SIDO IMPLANTADOS.

jueves, 21 de septiembre de 2017

EL EXPERIMENTO O EL PROBLEMA DE LA ZAPATERÍA. TEATRO QUEVEDO



EL EXPERIMENTO O EL PROBLEMA DE LA ZAPATERÍA
TEATRO QUEVEDO. MADRID
ORLANDO TÜNNERMANN


(Un original concurso de improvisación, un enigma matemático y un millón de euros para el ganador. Sorprendente, interactiva, divertida y original).

Recuerdo que en mis tiempos de estudiante, o sea, cuando en las ondas sonaban a todas horas las “discotequeras” canciones del dúo alemán Modern Talking o el pegadizo “Voyage Voyage” de la francesa Desireless, a mí me hacían sufrir y pasarlas canutas con unos problemas matemáticos que debían ser muy sencillos pero que yo jamás logré resolver. Era aquella nonada (bobada) de, pongamos, la fuente que llena tres cántaros de cinco litros en diez minutos, ¿cuánto tardaré en llenar veinte cántaros más sabiendo que cuatro de ellos son de dos litros y los restantes el doble de la suma del resto? Yo ya me he perdido en el enunciado y ya me echa humo la mollera.

“El experimento o el problema de la zapatería” me retrotrae a aquellos tiempos aciagos, o sea, aquellas lides (batallas) injustas contra mi ineptitud para los razonamientos lógicos. Coral Igualador nos propone una experiencia interactiva de lo más original y entretenida, presentada en formato improvisado de reality show, para poner a circular las células grises y resolver un enigma que, como aquellos de mi infancia, a primera vista parece de dificultad parvularia. Espectadores y actores somos sometidos a la opacidad (oscuridad) impenetrable de un enigma de apariencia inocente y enjundia “demoníaca”. Ahí estamos los espectadores, cómodamente apoltronados en las butacas, leyendo el “acertijo” que nos han pasado de la dichosa zapatería, cada uno llegando a conclusiones diferentes, un buen ramillete en realidad. Los actores, que nunca son los mismos, siempre van rotando en cada nueva función, encarnan a seis concursantes singulares, divertidos, carismáticos, no tienen desperdicio, tan diferentes entre sí como una mofeta y un oso pardo. Nosotros, con los panfletos en la mano que nos han suministrado, colaboramos en la resolución del problema aventurando conclusiones que una conductora, El Sistema, va anotando en una pizarra. Los actores hacen lo propio. Son concursantes en pos de un premio titánico: un millón de euros para quien desvele el problema propuesto. Las tensiones y emociones se desbocan y alguno cruzaría al lado oscuro para obtener un trofeo tan suculento: un millón de euros. ¿Qué harías tú, qué serías capaz de hacer por un millón de euros?

“El experimento” es un brillante diseño de entretenimiento en el cual el espectador es parte esencial del desarrollo de la función. Imposible imaginar el tedio o la decepción con un producto tan interesante y fascinante, divertido y trepidante. Los actores elegidos para tamaño desafío, al menos los que yo tuve el placer de ver sobre el escenario, son verosímiles en sus respectivos roles de concursantes. Verosímiles y fabulosos, magníficos. Extravagantes, puede ser, tanto como la “fauna” autóctona que habita en los platós de los típicos reality shows que engordan las audiencias de las más célebres cadenas de televisión: Canallas, guaperas, frikis, horteras, pánfilos, gente inclasificable inunda nuestras pantallas de televisión para deleite de las audiencias. “El experimento” aúna sobre el escenario a una pequeña recolección de ese mundillo inclasificable que se pasea por las cadenas de televisión como si fuesen grandes celebridades en el planeta de los despropósitos.

Sobre el escenario, un elenco de actores que se desenvuelven con maravillosa soltura. Mis favoritos: el gigoló y esa “galleguiña” que es como una ametralladora de palabras, nervios y desparpajo.


“El experimento o el problema de la zapatería”… ¿Te la vas a perder? Pocas veces mi tiempo libre estuvo tan bien aprovechado.
Orlando Tünnermann.

CINCO MUJERES CON EL MISMO VESTIDO .TEATRO QUEVEDO. MADRID



“CINCO MUJERES CON EL MISMO VESTIDO
TEATRO QUEVEDO. MADRID

(Una comedia disparatada, personajes dispares, mucha alharaca, una boda inolvidable salpicada de confidencias hilarantes, un soberbio monólogo postrero de Erika Sanz y una apoteósica Raquel Martín Coronado)



Me inscribí a las filas de los espectadores del teatro Quevedo para asistir a la función “5 mujeres con un mismo vestido” con la incertidumbre y la expectación por blasón. Esta fue una de esas ocasiones en las cuales uno no sabe hacia dónde tirará el ánimo cuando la función acaba tras las ovaciones pertinentes. ¿Disfrutaré con esta función o por el contrario mi crónica se plagará de matices ingratos? Navegaba en un mar tenebroso donde apenas avizoraba siluetas nebulosas.

La adaptación de Alan Ball, creador de “American Beauty” y “A dos metros bajo tierra”, la primera me decepcionó sobremanera y por la segunda sucumbo encantado, la dispone sobre el escenario del teatro Quevedo la productora DESCALZOS PRODUCCIONES bajo la dirección de Celia León. No soy una persona fácil de conquistar, francamente. No todo me hace gracia y no a todo el mundo le doy el sí quiero por muchos mimos y carantoñas que improvise. Soy un hueso duro de roer. En esta línea más bien antipática me encontraba yo cuando el teatro Quevedo se pone en plan tétrico al inicio de la función, con esa luz umbrosa que apenas me deja discernir los rostros de las actrices que van aproximándose al escenario, entonando con sentimiento y sobradas cualidades vocales aquello del “Tatuaje” de Conchita Piquer. Sabia elección me parece la incorporación al elenco de la polifacética Elena Sánchez, poseedora de una voz potente y cristalina, pura, sin máculas ni imperfecciones, una voz curtida y cultivada en los escenarios de famosos musicales, como: “El Jorobado de Nôtre Dame”.

Tiene algo de fantasmal y lúgubre esta aparición: vestidos elegantes que se adivinan con dificultad en ese halo opaco que nos engulle a todos. El tema, además, está cargado de melancolía.

Enseguida todo se revuelve y cambia de aspecto. Un puñado de damas de honor, todas embutidas en idénticos vestidos de gala, revolotea como gallinas atrapadas en una jaula claustrofóbica, armando una alharaca jaranera como de adolescentes en el patio del colegio. En ese mismo instante ya configuro yo la ruta de navegación que va a tomar esta función. Confidencias íntimas, sinceridad a borbotones, confesiones impagables que se gestan bajo el influjo de una copa de vino, champán o lo que se tercie, cuando se derriban los muros de la hipocresía y la ironía brota libérrima (libre) sin el yugo de las convenciones sociales. 



La habitación de la hermana de la novia se convierte en el hábitat o confesionario de este singular y divertidísimo cónclave dé féminas, donde se airean los trapos sucios y los que se guardan en los armarios para esconderlos de la mirada pública: Un coito escandaloso a la vera de unos contenedores de basura, relatado con “inmoral” inverecundia (desvergüenza) por Carmen Santos, una lesbiana maravillosa (Begoña Frutos) y una cristiana (Elena Sánchez) que ni fuma, ni bebe, que mantiene una postura vital nihilista (que se niega a todo) porque es cristiana. Su relación espiritual de amor abnegado y exclusivo a Cristo es uno de los ejes cómicos de la obra. Tampoco dejará dibujados e impertérritos a los espectadores cuando una “gamberra” Raquel Martín Coronado nos fusila con sus portentosas delanteras… (Esto hay que verlo, no se puede narrar). Diálogos exacerbados, una chaladura total, algunos tropiezos de Carmen Santos al recitar el texto, que ella resuelve sin perder el equilibrio, ¡bravo! , lloriqueos, risas, euforia, nostalgia, monólogos soberbios y la banda sonora de gran parte de las escenas, el clásico “Tatuaje” de Conchita Piquer,  tarareado por alguna de las actrices, mientras las otras interpretan su papel. Sólo por este detalle de máxima dificultad queda difuminado en mi ánimo cualquier dictamen negativo sobre esos lapsus y tropezones puntuales con el dichoso texto memorizado. Hace falta una gran capacidad de concentración para interpretar sin despistes ni omisiones cuando otro está canturreando a tu lado. Los hombres, así en general, quedamos en boca de estas damas de honor lenguaraces destripados y denostados sin ambages, en una especie de festival de escarnio indiscriminado que no diré yo que no tengamos un poco merecido.

Dos pilares fundamentales de “5 mujeres con el mismo vestido”: Raquel Martín Coronado; un vendaval que arrasa con todo, que por sí sola iluminaría las noches más aciagas con su gigantesca capacidad para doblegarse y triplicarse en el escenario como si fuese un incendio incombustible. Domina los registros de la amargura, la alegría, la comicidad y los monólogos más íntimos que anegan el corazón de empatía. Sobresale sobre el resto a modo de bastión o monolito megalítico. Una maravilla esos diálogos telefónicos un tanto exaltados con su madre que nos hacen adivinar una relación poco menos que tormentosa, espinosa y escabrosa. Hablaba de dos vértices descollantes (sobresalientes).

Erika Sanz y su monólogo postrero, una soberbia muestra de lo que las actriz más excelsas ofrecen a su público sin despeinarse, como si fuese ello algo tan natural como el respirar o abrir los ojos al amanecer cada mañana. Erika es la perfecta “Femme fatale” (mujer fatal) con su hermoso físico de diosa vikinga o novia del gangster en una película de Humphrey Bogart. Mirada gélida, seductora, belleza al estilo de las inolvidables Ava Gardner, Mae West o Lana Turner, la vislumbro en una nueva versión de “El cartero siempre llama dos veces”. Juega con el público con esa mirada fría y sensual a la vez, que barre todo y que se cuela en el alma para hechizarte sin remedio. La recuerdo perfectamente en “Águila Roja”, ataviada de harapos allá, deliciosa igualmente, pese a la envoltura andrajosa, en comparación con el glamour suntuoso como dama de honor ahora. Pude ver la expresión de los espectadores al finalizar la función. Pude observar su entrega. “5 mujeres con el mismo vestido” entusiasma y no defrauda, es una apuesta segura que recomiendo totalmente.

Como colofón, me encanta la pureza de Elena Sánchez, tan inocua y “virginal” ella frente a la fiereza animal de Erika. Carmen es sencillamente adorable y puedo vislumbrar a una gran actriz dentro de ese corpachón formidable y “abrazable”, pese a sus lapsus memorísticos que ella esquiva y salta con agilidad, sin perder el ritmo.


 
*AGRADECIMIENTOS: Quiero agradecer a la actriz Erika Sanz y a la productora Descalzos Producciones por su deferencia y amabilidad, colaborando conmigo para que pudiese yo documentarme debidamente y así confeccionar el diseño de esta crónica teatral.

ORLANDO TÜNNERMANN

martes, 19 de septiembre de 2017

ESTOY VIVO. TVE1



“ESTOY VIVO
TVE1

COMENTADA POR ORLANDO TÜNNERMANN

(ENTRETENIDA, ORIGINAL, CÓMICA, DRAMÁTICA Y PARANORMAL)

 JAVIER GUTIÉRREZ, ALEJO SAURAS Y ANNA CASTILLO (IMAGEN)

La creatividad, cuando conlleva singularidad, innovación, originalidad, un “golpe de estado” en toda regla en un panorama televisivo y cinematográfico hastiado de aburrimiento por la redundancia de argumentos y tramas, manido, repetido como un eco atrapado en su propio mantra, cuando eso acaece, es sin lugar a dudas un espejismo, un hálito de aire fresco que viene a remover las aguas remansadas de esa abundancia de series y películas cuyas historias carecen de novedad y se conforman con ser simplemente meras réplicas contemporáneas de ideas originales muy antiguas.

Daniel Écija extrae de su chistera, coadyuvado (ayudado) por la dirección de Oriol Ferrer, un producto ambicioso y muy original que desde sus primeros balbuceos pretende fusionar en armoniosa cohabitación géneros tan dispares como la comedia, el drama y el surrealismo paranormal. Es un cóctel explosivo que necesita mucho metraje de cocción y hacen falta artesanos fogueados (experimentados) para manejar debidamente una exquisitez tan delicada. En el reparto, me encuentro con un elenco de actores soberbio que viene a ser poco menos que gran parte del aparato locomotor de nuestra industria cinematográfica y por ende, escénica. Actores de marchamo inveterado que se han ganado a pulso el privilegio de la fama y las glorias del éxito.

“Estoy vivo” cuenta con el andamiaje y engranaje perfecto para levantar un bastión de solidez inexpugnable: actores mayúsculos, un argumento singular y un ensamblaje audaz y novedoso que sorprende y que se adentra sin temor en los cuasi ignotos (“desconocidos”) páramos de la comedia paranormal.

La serie que TVE1 emite todos los jueves a las 22:40 nos presenta la historia del inspector Andrés Vargas (ROBERTO ÁLAMO), “caído en combate” tras un fatídico encuentro con la muerte a manos de un psicópata sin escrúpulos: “El carnicero de Medianoche”. El hilo de la cotidianidad se rompe de manera rocambolesca y surrealista cuando el finado retorna al mundo de las alegrías y las penas humanas en el cuerpo de otro agente de policía, Manuel Márquez, a quien da vida el inefable Javier Gutiérrez, merecido ganador de un Goya, al igual que sus compañeros de reparto, Anna Castillo y Roberto Álamo.

La vida de Vargas será a partir de ese instante crucial como un híbrido cómico-trágico: una mente pletórica de recuerdos y un cuerpo desconocido como carcasa del alma que atesora emociones y vivencias de una existencia “reseteada” y un rostro que se asoma al espejo para examinar al forastero del reflejo.

Usando términos gastronómicos, la mesa ya está puesta y los ágapes servidos. Ingredientes de las mejores calidades recolectados por toda nuestra geografía. Cristina Plazas (Laura) jamás defrauda y está excelsa en su rol de viuda desconsolada en la presentación de la serie en el episodio que abre el telón. Domina a la perfección la emoción; de ello dio sobradas muestras en aquel drama penitenciario de “Vis a vis”. Acostumbrado me tiene también a derrochar ovaciones el inefable Javier Gutiérrez (Manuel/Vargas), dando rienda suelta a sus arranques únicos de humor y al gran actor polifacético que lleva dentro, un actor todoterreno que siempre refulge (destella) por ardua que sea la tarea en ciernes. Javier atrapa a la perfección la esencia necesaria que precisa su personaje: desconcierto, aturdimiento y una paciencia infinita para soportar al “pelmazo” de “El enlace” (Alejo Sauras), un divertidísimo y singular emisario del más allá incognoscible que ayudará a Vargas a asimilar su “nueva situación”, con tal devoción que ni el santo Job soportaría sin perder el “oremus”, como dicen con abnegada recurrencia en el folletín diario de TVE1 “Acacias 38”. Mención especial para Anna Castillo, un portento sobrenatural a quien ya tuve el placer de ver sobre un escenario en la función teatral “La Pilarcita”. La hija del fallecido Vargas hace uso de su habitual desparpajo interpretativo y sobrecoge el corazón cuando se deshace en mil pedazos en el primer episodio al conocer la fatídica suerte de su progenitor poco después de una trifulca filio paternal de órdago. Anna es una fuerza de la naturaleza, es una fuente natural. Inmenso siempre Roberto Álamo, con esa intensidad primigenia suya retenida en un rostro benevolente y fisonomía de luchador. Me gusta y puede dar mucho juego la rivalidad entre Vargas y David, interpretado por Alfonso Bassave; un tipo de modales canallas y gusto por la trapisonda (bulla, riñas, peleas), recogiendo nuevamente un ápice de aquel punto “borde integral” y antipático insoportable de aquella maravillosa “La pecera de Eva”.

En fin, un dechado de virtudes prodigado por gente de renombre y aptitudes más que asombrosas de la talla de la gran dama de los escenarios por antonomasia, Julia Gutiérrez Caba, Fele Martínez, Goizalde Núñez, o Jesús Castejón… ¿Se puede pedir más?

Para concluir, un apunte sobre el segundo episodio: se afianza mi fe absoluta en esta serie que cuenta, como decía antes, con los ingredientes necesarios para llevar a cabo trabajos inefables.

Lo que más me gusta: el elenco protagonista, la innovación de la trama. Javier Gutiérrez, deslizándose entre el intimismo de los recuerdos que afloran dolorosos y la comedia. Deslizándose entre la chanza y la angustia como si fuera algo espontáneo y sencillo.

Lo que menos me gusta, podría ser su talón de Aquiles: no me convence la iluminación, los colores apagados, los colores mates, los claroscuros, esos tonos casi desvaídos que me recuerdan a las producciones añejas de los años 70. No se debe obviar que los colores, las luces y sombras, inciden directamente sobre las emociones. Nos inducen a la alegría o a la melancolía, a que nuestra expresión se torne luminosa o adusta. Por lo demás, una apuesta muy bienvenida que cuenta ya con toda mi atención.




martes, 12 de septiembre de 2017

BURUNDANGA EN EL TEATRO LARA. MADRID



BURUNDANGA
TEATRO LARA. MADRID

 
  (Una comedia surrealista, actores magníficos, dos terroristas muy incompetentes, el “suero de la verdad” desnudando confesiones “incómodas” y el descubrimiento de una estrella apoteósica llamada Ariana Bruguera)

El eco de las ovaciones y parabienes que ha logrado recabar “Burundanga” desde su estreno, ya va por la sexta temporada, es como un ciclón que lo barre todo a su paso. Un tifón en toda regla que ha venido en mi busca para que mi humilde silueta ocupe una
butaca en la cuarta fila del teatro Lara. El estruendo de los adjetivos y carantoñas dedicados a una función con nombre de droga “anti-volitiva” (que anula la voluntad), era de tal magnitud que mis pabellones auditivos habían quedado ya embaucados con su sintonía. El elenco sobre el escenario es en sí mismo como un planisferio cósmico, donde cada estrella tuviese un nombre cincelado, épico, grabado con polvo estelar en los anales de la historia. Una banda sonora, muy al estilo de la música gamberra que hacían en los años 80 Aerolíneas Federales y Dinamita pa los pollos, entona sin descanso el mantra central de la función: Burundanga.

Actores sobradamente conocidos que son como los pilares de una catedral que hubiese sobrevivido a incendios y diluvios sin una sola grieta o mácula en su piel bruñida. Con semejante material asfaltando el camino es casi imposible imaginar tropiezos. Antonio Hortelano (Manel) se mueve con soltura y no falla, rescatando de sus alforjas biográficas un bagaje profesional acostumbrado a satisfacer las expectativas de los críticos más inclementes. Me convence nuevamente en esta inusitada versión antagonista del típico etarra sin escrúpulos que primero dispara y después pregunta tu nombre. No es el caso, como digo. Hortelano interpreta a un pacato activista de la extinguida banda criminal que se maneja en tales contiendas con la misma pericia con que un pingüino tocaría un bajo o el saxofón. Convertido en un zote (zoquete) redomado, el guerrillero vasco inspira tanto temor como una paloma de la paz. Prácticamente convertido en un ignorante de muy pocas luces, al final acabas preguntándote cómo es posible que recuerde su propio nombre. La cosa adquiere matices de vodevil surrealista divertidísimo cuando el burundanga anula su juicio, transmutándole en una irrisoria marioneta sin voluntad, cuyo menoscabado universo neuronal sólo puede reproducir un lenguaje casi robótico de verdades como puños que manan de su boca a “brochazos” de franqueza infantil. El inconcebible etarra es un pusilánime de pasado “Don Juanesco”; una especie de semilla fecundadora humana que va plantando su simiente por todo el continente. Antonio Hortelano borda el papel y desde la butaca agradeces el derroche de comicidad que aporta a su personaje. Manel tiene un acólito,( Gorka), también “muy avispado” (ironía, por supuesto), en cuestiones de imponer respeto y miedo como “sanguinario” revolucionario que debiera estar acostumbrado a las pistolas, los zulos y el impuesto revolucionario, con secuestro y extorsión incluidos. Pero el alma de cordero inocente de Gorka tiene tanto de terrorista como Santa Teresa de Jesus de bailarina rijosa (lasciva) de algún tugurio de carretera. Gorka, interpretado por el magistral actor César Camino, parece más fogueado (experto) con los fogones que las pistolas que anda dejando por ahí desatendidas, amén de un reo que se le escapa y a quien convierte en su mejor amigo, con derecho a masajes y achuchones. Los relinchos y acrobacias de Gorka sobre un sillón muy baqueteado (vapuleado) cuando el burundanga penetra en su organismo son de una hilaridad impagable, digna de manual de humor absurdo tronchante.

Eloy Arenas (Jaime) es el báculo (bastón) donde reposa toda la sabiduría acumulada sobre los escenarios. Eloy es el templo donde oran los actores, es el mesías que conoce todas las respuestas, la fuente de la que manan los actores más bisoños (aprendices). Brillante y divertido como siempre, acabará de asesor terrorista de los dos inútiles etarras, que andan más perdidos que una ballena en un desierto mongol. Me encanta (y no revelaré más detalles sobre este particular) el momento “bolsa para pagar rescate”.

Las interpretaciones masculinas no tienen tacha pero en este punto laudatorio (elogioso) inciden y reclaman su trono áureo como cumbres andinas dos actrices capaces de ensombrecer a los actores más sobresalientes. Ruth Núñez (Berta) es la arteria principal de todo elenco, un canal mayestático por el que fluyen las ovaciones más portentosas, porque Ruth se atreve con todo y todo lo hace magistral. Ruth es camaleónica, una actriz e aplomo y coraje, pese a la fragilidad aparente de su singular voz aflautada que parece diseñada para narraciones infantiles. De ella lo esperaba todo y me dio mucho más. Pero este escribano que subscribe estas palabras está desconcertado, pues no estaba preparado para asimilar la sorpresiva aparición de un meteoro fulgurante de nombre Ariana Bruguera (Silvia). Una beldad (bellezón) de vikinga melena dorada y curvilínea figura a quien yo, precipitadamente, había etiquetado como “elemento decorativo” subalterno. Mis disculpas Señorita Bruguera. Un rostro que yo no lograba adosar a ninguna huella televisiva o escénica, cuyo nombre me sonaba tan ignoto (desconocido) como la flora autóctona de la isla Mauricio. Todo expresividad, sicalíptica (provocadora), teje con maestría sus registros interpretativos de tal manera que la propia Ruth ahora se me antoja recatada y opacada (oculta) tras el resplandor de Ariana, que parece un animal voraz ávido de un festín pantagruélico (muy abundante) para sí misma. Ariana es codiciosa y reclama todas las miradas, demandando un púlpito en ese escenario de rostros afamados que ya no necesitan demostrar nada, que están ahí por méritos propios, por derecho y justicia universal. Había un “escaño” vacante, pero después de ver esta maravillosa función ya sé que nombre escribirán en una placa dorada: ARIANA BRUGUERA.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

TEATRO LARA, VISITA TEATRALIZADA 137 AÑOS DE SU FUNDACIÓN



TEATRO LARA, 137 AÑOS DESPUÉS…
VISITA TEATRALIZADA CON ALFONSO MENDIGUCHIA Y PATRICIA ESTREMERA
ORLANDO TÜNNERMANN
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A colación de la efemérides de la inauguración del vetusto teatro Lara, 137 años después, me planto ante su hermosa fachada de áureos ornatos y rojas puertas para asistir a una visita teatralizada de la mano de dos actores monumentales como lo son Patricia Estremera y Alfonso Mendiguchia. Ella, que es todo resplandor con cada mohín y ademán de su faz versátil y acomodaticia, que parece feliz cuando viaja entre emociones con la naturalidad de quién respira o escucha el sonido del viento, nos relata de manera grandilocuente y fantástica las anécdotas cronológicas de un teatro que ha fagocitado (alimentarse de, tragarse) entre sus muros, telones y escenarios aluviones de lagrimas, risas, pasiones, dramas, comedias, vodeviles, musicales, aplausos y ovaciones como si fuesen su alimento principal. Patricia es poseedora de una dicción que hechiza y conmina al descanso de las tensiones, que lenifica (suaviza, calma). Es dicharachera y pizpireta, firme y jovial, seductora y profesional en su labor de biógrafa redactora de la cronología centenaria del teatro que inaugurase en el año 1880 D. Cándido Lara y Ortal.




El teatro que visito, una obra de arte en realidad, con ínfulas palaciegas en cada rincón donde poso la mirada obnubilada, fue ejecutada por el arquitecto Carlos Velasco Peinado, siguiendo la estela de un sueño con la estética del fastuoso y magnificente Palais Royale de París. Alfonso Mendiguchia ha “secuestrado” a la mitad del grupo que visitamos las entrañas del Lara. Al igual que Patricia, también conoce los secretos de la dicción perfecta y la oratoria con un aplomo de terapeuta y entrenador de las emociones. Ahora que lo pienso, le veo a Alfonso en labores de “coaching”, ya saben esos entrenadores de la personalidad que ayudan a levantar el ánimo y sacar lo mejor de nosotros mismos en cada situación de la vida. Magníficos actores, sólo preciso de unos minutos para atestiguarlo. Su ejecución didáctica, explicativa, es contagiosa y amena, nos enredan en sus chismes y nos conmueven de tal manera que a los pocos minutos ya somos cautivos de sus palabras.


He mencionado ya la galanura del teatro, pero mucho más sorprendente para mí resulta convertirme en comadreja que se cuela por rendijas impensables para un mero espectador. Así, transmutado en furtivo, me adentro por laberínticos corredores que llevan a los camerinos y a lóbregos rincones y vericuetos tras el escenario que en ocasiones se tornan claustrofóbicos y un tanto espectrales. Ando ya buscando al fantasma de Lola Membrives, el espíritu errante del teatro Lara. Se me antoja el hábitat perfecto para un alma digamos “convulsa” como la suya, ganadora merecida, eso dicen, del feo epíteto de “bruja”. Pese a tamaño desprecio, la sala más modesta del Lara, hay dos, le pertenece, al menos en el título que la rubrica, siguiendo la estela de un sueño con la estética del fastuoso y magnificente Palais Royale de París. Alfonso Mendiguchia ha “secuestrado” a la mitad del grupo que visitamos las entrañas del Lara. Al igual que Patricia, también conoce los secretos de la dicción perfecta y la oratoria con un aplomo de terapeuta y entrenador de las emociones. Ahora que lo pienso, le veo a Alfonso en labores de “coaching”, ya saben esos entrenadores de la personalidad que ayudan a levantar el ánimo y sacar lo mejor de nosotros mismos en cada situación de la vida. Magníficos actores, sólo preciso de unos minutos para atestiguarlo. Su ejecución didáctica, explicativa, es contagiosa y amena, nos enredan en sus chismes y nos conmueven de tal manera que a los pocos minutos ya somos cautivos de sus palabras.

He mencionado ya la galanura del teatro, pero mucho más sorprendente para mí resulta convertirme en comadreja que se cuela por rendijas impensables para un mero espectador. Así, transmutado en furtivo, me adentro por laberínticos corredores que llevan a los camerinos y a lóbregos rincones y vericuetos tras el escenario que en ocasiones se tornan claustrofóbicos y un tanto espectrales. Ando ya buscando al fantasma de Lola Membrives, el espíritu errante del teatro Lara. Se me antoja el hábitat perfecto para un alma digamos “convulsa” como la suya, ganadora merecida, eso dicen, del feo epíteto de “bruja”. Pese a tamaño desprecio, la sala más modesta del Lara, hay dos, le pertenece, al menos en el título que la rubrica.
 
 
La sala del eximio Cándido Lara, llamado también “El carnicero de Antón Martín” es excelsa como su recuerdo. Fastuosa, enorme, prepotente y altanera. En ese escenario inveterado, bajo los muros del Lara, han paseado su egregia figura personalidades de la
talla de Jacinto Benavente, Manuel Falla, Benito Pérez Galdós, Carlos Arniches, Buero Vallejo, Antonio Gala, Edgar Neville y por supuesto la primigenia dama de este teatro, Balbina Valverde, cuya historia está tristemente ligada tanto a la adoración como al olvido más absoluto, como si una bruma de oscurantismo se la hubiese llevado al país de las viejas glorias del recuerdo perdido.

La calle San Roque era la vía de entrada al teatro en sus orígenes, nos cuenta Patricia Estremera mientras trato de imaginar la sala Lola Membrives transmutada en almacén. Me cuesta menos cuando espió a lo largo de un siniestro pasadizo subterráneo que está
tapiado y que exhala malas vibraciones a través de los ladrillos destripados de sus muros deshechos. Es lo que asevera una vidente que tuvo un nefasto “dialogo cara a cara” con el espacio misterioso recluido en el túnel que desciende hacia alguna parte…
No me cabe duda de que la existencia de tal pasaje no se construyó precisamente para fines lícitos o moralmente aceptados. Eligen las sombras y la oscuridad clandestina quienes desean guarecerse de la luz, que tiene la costumbre de revelarlo todo y mostrar aquello que se desea soterrar. Nos despedimos del teatro desde el escenario, ese púlpito eminente donde “planean” los actores sobre el patio de butacas. Cuando se iza el telón puedo sentir el miedo escénico, los nervios irrefrenables al sentirse uno la pieza pictórica que se admira en silencio y se escruta con millones de ojos y lupas. El espectador es un explorador que rastrea y husmea afanoso, en pos del encomio ulterior al actor o el desdén por un trabajo que no ha rutilado con el fulgor esperado.

En fin, un privilegio ha sido para mí asistir a la conmemoración del 137 cumpleaños del teatro Lara y como mero espectador, poder espiar bajo los refajos del telón, convertido yo en alma furtiva, paseante entre camerinos y vericuetos reservados a los artistas que
convierten nuestros sueños en amenos ratos, desde un escenario que planea sobre un patio de butacas mudo que, al acabar la función, se convierte en tormenta de aplausos.
ORLANDO TÜNNERMANN


martes, 5 de septiembre de 2017

LAVAR, MARCAR Y ENTERRAR. TEATRO LARA DE MADRID



“LAVAR, MARCAR Y ENTERRAR”

TEATRO LARA, MADRID
ORLANDO TÜNNERMANN



(“Una escalera resbaladiza, un lúgubre sótano, unos atracadores muy bisoños y una peluquera de lo más inquietante. Surrealista, divertida, genial”)

En la historia del cine y la televisión uno puede encontrar toda suerte de comedias repletas de disparates de lo más divertidos y memorables. Es el caso de aquellos “Hombres de Paco”, probablemente los agentes de la ley y el orden más inútiles después de los insuperables Mortadelo y Filemón. Siguiendo la estela de los disparates, en este caso bochornoso, a alguien se le ocurrió la “preclara” idea de que si la humanidad se extinguía lo mejor que podías hacer era dedicarte a ligar con el de enfrente y copular si él o ella no ponía muchas pegas. ¿A quien diantres le importa que tus seres queridos hayan fallecido y no puedas volver a abrazarlos jamás cuando tienes un barco para ti solo repleto de hombres y mujeres ávidos de “refocilarse”? Aquél fue el caso de “El barco”, ese navío solitario que buscaba por los océanos un pedacito de Tierra o rastros de supervivientes tras un cataclismo ecuménico (universal). Podría extenderme muchos más acerca de los diálogos y el comportamiento adolescente-pueril de los adultos de ese bajel, pero como decía una profesora mía cuando yo era un niño:

“¿A ti te parece que esto está bien hecho? ¡Anda, vuelve a tu sitio y repítelo de nuevo!”

A vueltas con los disparates, otra vez en grado excelso, “Lavar, marcar y enterrar” de la mano de la compañía Montgomery Entertainment, escrita y dirigida por Juanma Pina, nos propone una historia muy ingeniosa, divertida y surrealista donde unos aspirantes a policías (futuros “Hombres de Paco”, no me cabe duda) acuden a una peluquería de tétrico nombre, “Cortacabeza”, para cometer un atraco. Los perpetradores de tan deleznable acción, encarnados por los magníficos actores Edu Ferres y Juan Caballero, parecen más bien pacientes de una de esas terapias de grupo donde uno recurre a la catarsis para purificar y abrillantar el alma de tanto sufrimiento que acarrea dentro. A Gabriela (Carmen Navarro), al frente del centro estético, sólo le falta acunarlos, arrullarlos entre los brazos y acostarlos deseándoles felices sueños. El atraco en cuestión, un despropósito en toda regla, se convierte en un asunto “vodevilesco” de cooperación entre malhechores y víctimas y en vez de miedo, los que vienen con pistolas suscitan más misericordia que pánico. Edu Ferres y Juan Caballero son paladines de la interpretación, brillantes, mimetizados con sus personajes, sin duda, aunque a la sombra debo decir, son gustos personales, del inefable Mario Alberto Diez (Fernando), una anómala fusión entre el vampiro Nosferatu y un experimento fallido de androide de la mítica Blade Runner. Su estética, un tanto sobrecogedora, queda realzada por ese modo de caminar suyo tan hierático (solemne), acartonado, particular, con esos brazos entecos (magros, delgados) pegados al cuerpo como si fuesen ramas muertas, y la voz robótica, que se repite en un bucle patológico cuando Fer se pone nervioso, que es todo el tiempo, por cierto.

Probablemente mi acto favorito, que no voy a desvelar, ESO HAY QUE VIVIRLO, tiene que ver con una llamada de teléfono intempestiva y un fontanero chino.

Carmen Navarro (Gabriela) se mueve por el escenario como una reina y en su modo de interpretar me parece columbrar (vislumbrar) un cierto apego a la maravillosa Verónica Forqué. Y mientras en Madrid llovía con furiosa copiosidad hace unos días, en este escenario no llueven hombres, como cantaban con Aleluya incluido las Weather Girls allá por los años 80. Aquí lo que llueven son cráneos, carbonizados, tiznados con una mohosa pátina negra que viene a conferirle a las susodichas calaveras calvas un matiz muy de “piratas del caribe”.

En definitiva, una función totalmente recomendable, cuya marea de aplausos y parabienes es como una onda expansiva cuyo eco ha gestado hasta la fecha cinco temporadas. No podía ser de otra manera. Tiempo y dinero bien empleados, créanme. Perdérsela sería un crimen. Cinco temporadas, como digo, una gesta que no nace de la casualidad o la fortuna caprichosa, sino del trabajo denodado y la excelencia de sus artífices: el elenco protagonista, la dirección soberbia y un guión rocambolesco y original que ya enseña sus prístinas huellas de identidad cómico-macabras a los pocos minutos de izarse el telón, para que la magia y la fantasía se confabulen en un espectáculo hilarante matizado con un halo innegable de novela negra, suspense y algún personaje abyecto, cuyo semblante, aparentemente inocuo, apenas insinúa la oscuridad del alma que lleva dentro.
ORLANDO TÜNNERMANN.

martes, 29 de agosto de 2017

CRÍTICA TEATRAL DE "LA PILARCITA" TEATRO LARA DE MADRID



“LA PILARCITA”

TEATRO LARA DE MADRID



 (Muy divertida, un buen elenco de actores donde refulge con luz propia Anna Castillo)


Me planto en el patio de butacas del añejo teatro Lara de Madrid para ser testigo de unos sucesos de gran comicidad y algo de dramatismo que acaecen en un escenario aldeano, de aquella España profunda del siglo XX, de una España profunda que entonces sonaba a canciones de Joan Baptista Humet, Luis Llach, Betty Missiego o Massiel. Muchas risas y mucha llantina arrecian en ese minúsculo hábitat que es escenario, convertido en fachada cochambrosa de una calle cualquiera de un villorrio sin nombre ni historia. La trama no me engancha inicialmente con anticipo de aliciente novedoso, no se me antojaba trepidante o particularmente atrayente. Tenemos a una bordadora “compulsiva” que prepara su traje regional para la fiesta local, también a una amiga de esas de toda la vida que regenta un “hotel” que parece haber sobrevivido a duras penas a un cataclismo. Como colofón, Selva (MONA MARTÍNEZ), una mujer de porte altanero que luce y se comporta con ínfulas de una gran baronesa a la que hubiese que dar gracias y reverenciar, con genuflexión incluida, cada vez que nos dirigirse la palabra. Como un espectro invisible, que se presiente e intuye pero jamás se revela, está Horacio, la enigmática pareja de la endiosada Selva. Horacio es inaprensible, imaginable como uno imagina el color del viento o de los versos más bellos. Hasta aquí las costuras. La definición propia de esta creación humorística con tintes de tristeza flotante gira con efecto centrípeto (que se mueve hacia el centro o no puede escapar de él) en torno a Anna Castillo (Lucía), una fuerza de la naturaleza brutal cuyo talento mana de manera espontánea, sin esfuerzo, como un don divino que fluye a su libre albedrío. Anna Castillo es el “Astro Rey” por antonomasia y el resto de actores, magníficos en sus roles, rotan a su alrededor como satélites cautivos en su órbita. Como digo, grandes actores, todos ellos, pero ciertamente, Anna Castillo, merecida ganadora de un Premio Goya por su papel en “El Olivo”, es la montaña sagrada que se iza majestuosa sobre el resto de las colinas. 

Anna Castillo, nuestra Lucía, es como una metralleta de palabras que no cesa de parlotear, divertidísima, dicharachera como un mercachifle, un torbellino de inquietud que no para quieta, que cotillea a través de la persiana para descubrir la faz del espectral Horacio. Anna Castillo está en su salsa y parece dispuesta a improvisar y reescribir el guión para incluir “payasadas” de cosecha propia. Se ríe con su voz y su donaire y así, aguanta el tipo su amiga Luisa (FABIA CASTRO), que hace esfuerzos ímprobos para no “partirse de risa” y centrarse en su papel, en el cual, por cierto, está magnífica. Una interpretación verosímil como amiga del alma, vehemente en su ardor y retratista perfecta en la emoción y la expresividad. Las dos actrices captan a las mil maravillas el acento y dicción que necesitan estos personajes un tanto “silvestres”, rudos, casi iletrados, sin pulir, con ese lenguaje casi incomprensible de algunas zonas rurales donde a algunas letras de las palabras se las ha tragado el viento o las propias palabras van tan deprisa que parecen participar en una carrera de relevos. La vida monótona y muerta de aburrimiento de las amigas pueblerinas se ve interrumpida por la llegada de Selva, que como antes decía, tiene el porte y elegancia del ave del paraíso. Habla lo justo, como si temiera que cada palabra utilizada fuese a fabricar arrugas en su rostro mimado. Es este personaje el trasunto de la marquesa de turno que gasta un potosí en tratados faciales para que al mirarse al espejo, éste le cuente que tiene 30 años, cuando la partida de nacimiento habla poco menos que de los bolcheviques o los primeros cuplés de Sara Montiel. Eso sí, ¡qué gran actriz! Está muy bien en su perfil, y me encanta cómo se escandaliza con cada nuevo descubrimiento en este poblado, donde el agua corriente y la luz en las casas parecen en sí mismos verdaderos milagros.


Momentos magníficos son prácticamente todos en los que Anna Castillo se suelta a bramar disparates. Sus coreografías en ese escenario no tienen desperdicio. En bikini luce esplendorosa, pero con plumas y guirnaldas regresa el tono más surrealista de este
villorrio irreal, surrealista, en efecto, algo que desmorona a Selva por completo. Las habilidades de Lucía para la hostelería son casi tan indescriptibles como las que ostenta para tejer muñecos de trapo. Todavía me estoy preguntando qué diantres es lo que trata
de prepararle a Selva, que se queda alucinada viendo cómo la otra no para de remover algo en un tazón: ¿Será un desayuno continental popular llamado “desayuno mareado”?

Ya le he puesto nombre. Sigamos. En ocasiones, los fragmentos de la función los va sembrando Joaquín (ALEX DE LUCAS) con cancioncillas muy breves a modo de mesteres de juglaría que me recuerdan un poco a los cantautores que mencionaba yo al inicio de mi crónica. La idea está muy bien. Es un modo de narrar las historias que acaecen sobre el escenario con banda sonora. Joaquín es el típico chico majo de todas las pandillas, un tipo agradable con quien siempre se puede contar. Divertido, buena gente, tiene una voz amena y su actitud en el escenario resulta muy afable. Sin embargo no me acaba de conquistar, le falta algo. Están ahí los ingredientes, pero no acabo de ver en el resultado algo que me emocione o me hipnotice.

En definitiva, una corte de actores subalternos que pululan en torno a la grandiosa Anna Castillo, capaz de sacarle oro y lentejuelas a esta historia grisácea en un remedo de pueblo perdido que deprime nada más verlo.

ORLANDO TÜNNERMANN.