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BIBLIOGRAFÍA DE VÍCTOR VIRGÓS

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"LA CASA DE LAS 1000 PUERTAS" -A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES-

"LA PUERTA DE LOS SUEÑOS" -A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES

"EL HOTEL DE LAS ALMAS PERDIDAS". A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES

"ISLA DIAMANTE" -A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES

"SOL TENEBROSO" -A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES -.

"EL LABERINTO DEL SOL Y LA LUNA" -A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES

"LA MANSIÓN DE LOS AMORES MALHADADOS" -A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES

"AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD" (YA A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES)

"EL SANTUARIO DE LAS ROSAS NEGRAS" (EN PROCESO DE GESTACIÓN)

"SELENE MOON" (EN PROCESO DE GESTACIÓN)
"EL CLUB DE LOS MUERTOS VIVIENTES" (EN PROCESO DE GESTACIÓN"

ORLANDO TÜNNERMANN

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AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD

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"LA PUERTA DE LOS SUEÑOS" VÍCTOR VIRGÓS

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"LA PUERTA DE LOS SUEÑOS"

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"LA PUERTA DE LOS SUEÑOS". VÍCTOR VIRGÓS.

BÁRBARA Y MIRANDA SON TESTIGOS DE UNA REUNIÓN CLANDESTINA DE UNA PELIGROSA BANDA DE FACINEROSOS.

SU INTROMISIÓN ACABARÁ POR ARRASTRARLAS HASTA UN DESCONOCIDO, INHÓSPITO Y DESHABITADO PUEBLO TUROLENSE, DONDE MANFRED BÖHER LLEVA A CABO UN DEMENCIAL PROGRAMA TERAPÉUTICO QUE EL LUNÁTICO MESÍAS HA DADO EN LLAMAR "LA PUERTA DE LOS SUEÑOS". SUS VIDAS CORREN PELIGRO EN MANOS DEL ESPURIO SANADOR Y SU CUADRILLA DE ENAJENADOS PROSÉLITOS.

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ISLA DIAMANTE "VÍCTOR VIRGÓS"

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LA MODELO DANESA SISSEL MADSEN ES SECUESTRADA Y DESAPARECE JUNTO A UN HOMBRE DE ENIGMÁTICA CATADURA POR ENCARGO DE UN NEFARIO EMIR.

UN TESTIGO FORTUITO RECOGERÁ UN PERIÓDICO QUE LA MODELO ARROJA AL SUELO, CON UNA ÚNICA PISTA DE SU PARADERO ESCRITA EN TINTA ROJA DE CARMÍN: "ISLA DIAMANTE".

EL HOTEL DE LAS ALMAS PERDIDAS



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CASSANDRA KOWALSKA, LA NUEVA VOCALISTA DE LA BANDA TUROLENSE SIRENAS IN LOVE, ACUDE AL HOTEL DE LAS ALMAS PERDIDAS PARA OFRECER UN CONCIERTO EN DIRECTO.

ALLÍ SE TOPARÁ CON LA PELIGROSA BANDA DE FORAJIDOS DE BARRABÁS, QUE ACABA DE ESCAPAR DEL PENAL.


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"SOL TENEBROSO"

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ARTURO SUCHIL RECIBE UNA CARTA DE SU ESPOSA PAOLA DESPUÉS DE 20 AÑOS, PERO PAOLA FUE ENTERRADA EN UNA CRIPTA DE LA ISLA DE TABARCA CUANDO MURIÓ AHOGADA AL SALIRSE SU COCHE DE LA CARRETERA Y SUMERGIRSE EN EL MAR.

ARTURO DEBE DESCUBRIR QUÉ SUBYACE TRAS LA REPENTINA "RESURRECCIÓN" DE PAOLA, QUIEN LE CITA EN EL DEPRIMENTE Y AISLADO PUEBLO TUROLENSE DE OJOS NEGROS.

"EL LABERINTO DEL SOL Y LA LUNA"

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CASSANDRA KOWALSKA ES CITADA EN LA GESTORIA DE AMANCIO GUEVARA, EN PUEBLA DE SANABRIA, PARA LA LECTURA DE LAS ÚLTIMAS VOLUNTADES DE SU ABUELO, QUIEN LE DEJA TODA SU FORTUNA.

VLADIMIR KOWALSKA GUARDABA MUCHOS SECRETOS Y SU ACÉRRIMO ENEMIGO, AMANDO SALCEDO, NO PUEDE PERMITIR QUE SALGAN A LA LUZ. ENVIARÁ A SUS SICARIOS TRAS LAS HUELLAS DE CASSANDRA PARA RECUPERAR ALGO QUE SU PADRE LE ROBÓ ANTES DE SIMULAR SU PROPIA MUERTE Y LA DE SU MUJER.

LA MANSIÓN DE LOS AMORES MALHADADOS

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ARINSAL FUE BRUTALMENTE APALEADA Y VIOLADA POR UNOS HOMBRES 5 AÑOS ATRÁS EN UN SUBURBIO DE JORDANIA. LA DIERON POR MUERTA, PERO SOBREVIVIÓ, Y AHORA HA REGRESADO PARA COMENZAR UNA CRUZADA PERSONAL VINDICATIVA CONTRA TODOS ELLOS. NADIE ESTÁ A SALVO, NI SIQUIERA CARMELO DE LA PRIDA, UN HOMBRE ABYECTO Y PODEROSO QUE SE REFUGIA DEL MUNDO EN EL INEXPUGNABLE CASTILLO DE ARCALÍS.

AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD (EN PROCESO DE GESTACIÓN)

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AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD

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CUANDO ÁLEX MERCURY OBSERVA EL EXTERIOR A TRAVÉS DE LA VENTANILLA DEL TREN, VISLUMBRA ATÓNITO EL ESPERPÉNTICO, SINIESTRO Y DESOLADOR PAISAJE DE "JYS; LA ESTACIÓN DEL TIEMPO".

TRACI NO ESTÁ A SU LADO; HA DESAPARECIDO, AL IGUAL QUE EL RESTO. EL TREN ESTÁ VACÍO. NO HAY NADIE, SÓLO SILENCIO Y UNA LUZ CENICIENTA QUE LO ENVUELVE TODO EN UN SUDARIO GRIS OSCURO.

ALGO INEXPLICABLE SUCEDIÓ CUANDO LOS HACES DE LUZ ENGULLERON AL TREN, CUANDO CRUZÓ AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD.

"AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD"

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"EL SANTUARIO DE LAS ROSAS NEGRAS" EN PROCESO DE GESTACIÓN

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EL SANTUARIO DE LAS ROSAS NEGRAS (EN PROCESO DE GESTACIÓN)

EL PUEBLO BURGALENSE DE CORTIGUERA PARECÍA ABANDONADO, DEVORADO POR LA VEGETACIÓN SALVAJE, TAN HERMOSO Y ESPECTRAL A LA VEZ, CON AQUELLAS MANSIONES BLASONADAS DONDE YA NO VIVÍA NADIE. LAS BARRERAS A LA ENTRADA DEL PUEBLO, CON AQUELLA PROHIBICIÓN EXPLÍCITA DE ACCESO A LOS NIÑOS, RESULTABAN INQUIETANTES; TANTO COMO EL ALBINO DE OJOS AZULES, TANTO COMO EL EXIGUO REDUCTO DE HURAÑOS LUGAREÑOS QUE PROTEGÍAN CON DESPROPORCIONADO CELO EL BOSCOSO SENDERO QUE CONDUCÍA AL SANTUARIO DE LAS ROSAS NEGRAS.

SELENE MOON

SELENE MOON

"SELENE MOON"

"SELENE MOON" (EN PROCESO DE GESTACIÓN)


CUANDO EL DETECTIVE ORLANDO TÜNNERMANN ACUDE AL TEATRO "LA CUARTA PARED" PARA ASISTIR A LOS ENSAYOS DE LA OBRA "LA NOVIA DE LA MUERTE", LE ANUNCIAN QUE LA BAILARINA PRINCIPAL, SELENE MOON, HA DEJADO LA COMPAÑÍA TEATRAL PRECIPITADAMENTE, SIN PREVIO AVISO, ENVUELTA EN UN HALO DE MISTERIO Y URGENCIA.

EN SU CAMERINO, ORLANDO ENCUENTRA UNA PEQUEÑA CUARTILLA CON UN SUCINTO MENSAJE ESCRITO: "NO DEJES DE BUSCARME, DETECTIVE"

EL CLUB DE LOS MUERTOS VIVIENTES

EL CLUB DE LOS MUERTOS VIVIENTES

EL CLUB DE LOS MUERTOS VIVIENTES

EL CLUB DE LOS MUERTOS VIVIENTES

EL CLUB DE LOS MUERTOS VIVIENTES

EL CLUB DE LOS MUERTOS VIVIENTES (EN PROCESO DE GESTACIÓN)

EL CLUB DE LOS MUERTOS VIVIENTES HA VUELTO A REUNIRSE. SIN EMBARGO, EL MUNDO AL QUE RETORNAN HA CAMBIADO DRÁSTICAMENTE. CORRE EL AÑO 2133. LA POBLACIÓN MUNDIAL HA QUEDADO DIEZMADA A CAUSA DE LA REBELIÓN DE LOS ROBOTS Y DE UNA CORPORACIÓN TAN CLANDESTINA COMO PODEROSA CAPAZ DE CONTROLAR LA VOLUNTAD Y EL DESTINO DE LOS SERES HUMANOS POR MEDIO DE UNOS CHIPS ELECTRÓNICOS QUE LES HAN SIDO IMPLANTADOS.

jueves, 1 de septiembre de 2016

EL PIRÓMANO




EL PIRÓMANO


Como castillos de arena sucumben los abedules, olmos, cipreses y tejos centenarios que fueran refugio de amantes nocturnos y morada de lechuzas nocherniegas (nocturnas). Leandro sonríe taimado y socarrón cuando las llamas anaranjadas lamen las copas de los árboles, cuya altura suprema parece decidida a pintar arañazos sobre el lienzo cerúleo del cielo.

Nadie puede verle, tan solo como está en medio de un paraje de ensueño que pronto será un yermo sudario de lágrimas cenicientas y ascuas gastadas. Retorna ya el alunado pirómano a su tranquila y anodina aldea, donde espera María, su esposa, y sus infantes inocentes, que nada saben de las aguas tenebrosas donde bracea febril su padre. No saben que ese hombre afectuoso, que siempre trae regalos de la ciudad, es un enfermo consumido por una obsesión ígnea (con el fuego).

Pero la casa está vacía. Entonces recuerda Leandro que su familia acude cada viernes por la tarde a la cabaña roja y amarilla de Agnes, la dicharachera dependienta de la floristería que queda al otro lado del bosque. Las llamas han convertido el paraíso terrenal en los calderos de un infierno gestado con sus propias manos. Ya suenan las sirenas. El denso humo negro se eleva, dibujando funestas fumarolas. Leandro corre desesperado en pos de su familia. Suenan sirenas lejanas. Galopa el corazón en su pecho. Leandro sólo puede pensar en María y sus retoños, apresados en las garras de un fuego voraz, nacido de un delirio con nombre de incendio devastador y armas de destrucción masiva.

EL CASTILLO QUE SE ASOMABA AL MAR














Diandra albergaba la esperanza de que su padre retornara laureado y glorioso de allende los mares, invicto en su épica liza contra las huestes de la bellísima sirena Vrasylia.
Cada mañana imploraba a la Luna y a sus amigas, las centelleantes estrellas, que le otorgara sabiduría y arrojo para combatir y derrotar a las engatusadoras y pérfidas sirenas.

Desde la azotea del inexpugnable castillo que se asomaba al mar podía escuchar su canto melifluo e hipnótico, que alienaba el juicio de los marineros y hacía zozobrar buques, navíos, galeones y bajeles...
Cientos de barcos se habían ido a pique, subyugados por los dictados insidiosos del canto arrullador de los mitológicos seres marinos.

Millares de odas relataban sus aviesas martingalas y asechanzas... millares de elegías se habían escrito para narrar pavorosos acaeceres de marineros fogueados que habían acabado sus días en abisales gargantas oceánicas, seducidos por el canto de las sirenas, conducidos a una muerte segura, adormecidos e ignorantes de su infame hado.
Diandra soñaba con ser como su padre, algún día, cuando creciera y se hiciera mayor.
Algún día sería como él, aguerrida e invencible, temida y respetada, venerada y conocida allende los mares y las tierras que se extendían más allá de los reinos de Caprilia y Virgós.

Corazón de niña, espíritu envalentonado y maduro, Diandra escudriñaba entre las olas en pos de sus futuras enemigas.
No las temía. Su padre, el rey Dédrik, le había revelado su secreto: "Ningún daño podrán las sirenas infligirte si al cruzarte con ellas cierras los ojos y te taponas los oídos para no escuchar su canto".

Con el infante y medroso Karpin, su hermano menor, practicaba ataques letales con ramas de roble nudosas y alargadas a modo de floretes.
Su pusilánime contrincante contrarrestaba los fatídicos embates de esgrima con un rudimentario y zarrapastroso escudo de trapo, que no era otra cosa que un sombrero cuadrangular que le había regalado años atrás el prior Mordock.
Cesado el fragor de la contienda, acababan riendo a carcajadas mientras oteaban el mar añil, abrazados como viejos camaradas, en el castillo que se asomaba al mar, erigido sobre el Barranco de la locura.

Su madre, Silvarnia, le había contado a la pequeña Diandra en una ocasión el origen de tan horripilante ficha bautismal.
Al parecer, cientos de hombres se habían arrojado desde las alturas, enloquecidos, al escuchar el canto de las sirenas.
De ello, si acaso llegó a acaecer alguna vez, hacía más de 3 siglos. No había nada que temer, pues nadie podía aseverar de una manera fehaciente si la escabrosa leyenda no era más que verborrea gratuita y falaz, transmitida de padres a hijos durante generaciones.
Diandra, en todo caso, se crió con el convencimiento y el temor a enloquecer o envilecerse, tornarse maléfica o completamente lunática, y, como aquellos desdichados, acabar arrojándose contra las mortíferas rocas afiladas que reptaban, apiñadas, a los pies del castillo que se asomaba al mar.

El Barranco de la locura... Se le antojaba un nombre horrendo e invocador de profecías malditas. Ella prefería denominarlo simplemente: "Farallón del castillo que se asoma al mar" o "Castillo que se asoma al mar del rey Dédrik".

Una noche de Luna llena, mientras dormía junto al rubísimo y pecoso Karpin en la instancia de los infantes, decorada íntegramente con estampados de unicornios malvas y tulipanes amarillos, se levantó del lecho la pequeña Diandra muy sobresaltada al escuchar el inequívoco rugido de unos cañones cercenando la serenidad del ocaso.
El fragor de una cruenta batalla se fraguó en su mente volatinera: " Su padre, con los ojos vendados y los oídos taponados, ponía en jaque a las sirenas por medio de su endiablada destreza con la espada".

"Desde la orilla del mar, sus leales soldados defendían el baluarte inexpugnable haciendo uso de bayonetas, mosquetones, cañones, sables, espadas, dagas y alabardas..."
Diandra dio un brinco y se erigió sobre el suelo alfombrado, donde redundaban nuevas escenas mitológicas de unicornios malvas que contemplaban al observador desde una tundra invernal.

Su hermano Karpin musitó palabras inconexas que a Diandra le sonaron a anatemas infames.
A la carrera, en camisón, descalza, atravesó larguísimos corredores lóbregos y, en cuclillas, penetró en la inmensa armería.

Siempre quedaba fascinada con la ingente recolección de armaduras, escudos, lanzas y espadas allí dispuestas, esperando el momento de ser convocadas al encuentro de nuevas conflagraciones entre ejércitos rivales.
Tomó entre sus manos la mítica espada de Hera, que la duplicaba en tamaño y era tan pesada que apenas podía levantarla.

Aún así, contumaz e infatigable, la arrancó de su pedestal tras una hermosísima vitrina translúcida y la sacó de la imponente sala, arrastrando la hoja como si fuera una prolongación de su propio cuerpecito menudo.
El estruendo de la batalla inundaba sus sentidos.
Su padre se sentiría muy orgulloso de ella cuando la viera aparecer, preparada para combatir, luchando a su lado con la mítica espada de Hera, convirtiéndose aquella noche mágica en precoz heroína, forjadora de su propia leyenda, que sería evocada durante siglos por venideras generaciones.
La travesía hasta la orilla del mar fue para la resoluta Diandra extenuante y febril, pues debía descender a través de una serpenteante y escarpadísima rampa conformada por más de 1000 escalones, portando el lastre de la formidable arma.
Con la lengua fuera, jadeando, desfallecida por el ímprobo esfuerzo realizado, con las plantas de los pies desnudas y llagadas, arribó finalmente a la playa.
La escena que contemplaron sus ojos esmeraldinos no se borraría de su mente jamás a lo largo de sus 103 años de vida.

Su padre, junto a un nutrido batallón de soldados y próceres, celebraba una cordial asamblea de paz y buena voluntad con un reducido séquito de sirenas, acostadas junto a la orilla del mar.
Los estruendosos bramidos de los cañones que había escuchado, que había imaginado como pavoroso testimonio de una épica batalla naval, no eran sino salvas honoríficas.
El atronador estrépito entreverado con aullidos confusos de algarabía, que había imaginado como la sinfonía de un combate a muerte, tan sólo obedecía a la alharaca jubilosa de los integrantes de aquel concilio inesperado, furtivo y clandestino.
Diandra observó a su padre, totalmente azarada y abochornada. Temía en cualquier momento el estallido brutal y descarnado de su cólera, al sorprenderla en camisón, descalza, avergonzándole delante de aquella gente tan preeminente, portando consigo la mitológica espada de Hera, que había usurpado sin su permiso.
Aventuró una disculpa.

- "Padre... creí que estabais en peligro... yo... lo siento.
Durante unos instantes nadie habló. La atmósfera reinante se tornó álgida y despedazadora, como dotada de dientes de sable y guadañas en sus mandíbulas depredadoras.
Entonces, un brillo jocundo asomó a los ojos cobaltinos del monarca y esbozó una sonrisa complaciente.

- "Puedes marchar tranquila, mi bella y precoz guerrera -Le habló con ternura- "Hemos firmado la paz con las sirenas, y por tanto quedan suspendidas las hostilidades entre nosotros. Las sirenas sólo pretenden proteger su hogar, lo mismo que hacemos nosotros con los nuestros. Tan sólo reivindican con justicia y honor que no lo contaminemos y lo respetemos, que no vuelvan a ser sus aguas escenarios de masacres navales. Ahora ve, Diandra, reúnete con tu hermano Karpin. Es tarde, ahora debes dormir, mi hermosa y precoz guerrera..."

Vrasylia, Sílfide, Frexia, Nereida, Zalennia y Nubídice, la eximia comisión de sirenas que ahora se tornaban amigas y aliadas, contemplaron como se alejaba aquella muchachita valerosa, arrebolada y exhausta, arrastrando una espada formidable que le duplicaba en tamaño.
A los pies del castillo que se asomaba al mar, humanos y sirenas firmaban la paz y juraban salvaguardar el hogar de aquellas prodigiosas criaturas mitológicas.


miércoles, 31 de agosto de 2016

EL BLASÓN DE LA LIBERTAD




EL BLASÓN DE LA LIBERTAD

El blasón de la libertad tiene las manos cubiertas de sangre y la carne, rasgada con las cuchillas aceradas de un bastión inexpugnable. Crucé un océano inmisericorde que ondeaba pendones enemigos.

Más allá de las olas crespas e insinuantes me espera la prosperidad de un futuro glorificador, pensaba yo con sueños de iluso desterrado.

Muchos fenecieron antes de acariciar siquiera la utopía del paraíso, lejos de los calabozos eternos de la hambruna y una vida infrahumana. Mi rostro es un crisol de sufrimiento y felicidad exultante que ha convertido la alharaca inicial en un espejismo de sueños rotos.

Festejamos, famélicos y moribundos, la llegada a un puerto de horizontes caliginosos, abrazados como héroes de una epopeya.

Somos una marea humana, la avanzadilla de un ejército de almas desahuciadas y osamentas errantes que escapan a miles de un infierno africano, soñando con un purgatorio redentor allende los mares.

A mi lado, tumbada sobre una rudimentaria yacija, una madre casi adolescente arrulla a un bebé sietemesino. Su mirada navega a través del cobertizo donde cohabitan sus compañeros de odisea marina.


Parece preguntarse si es esta la vida soñada, si acaso no dejó atrás las feroces remembranzas africanas para abismarse a una emboscada pletórica de incertidumbres, penurias y calamidades imperecederas.

martes, 30 de agosto de 2016

EL ÁRBOL QUE RENACIÓ DE SUS CENIZAS -RELATOS CORTOS-



La muchedumbre soliviantada jaleaba como un hato de bribones que buscara venganza y escarnio contra la mujer apresada en el interior de la rudimentaria jaula de madera. Aferrada a los toscos barrotes de castaño, contemplaba horrorizada a la turba impía que rugía su nombre denostado: ¡Circe! ¡Circe! ¡Circe!

El carromato que la transportaba la condujo hasta el corazón del impenetrable y caliginoso bosque de los druidas grises. Se detuvo abruptamente ante el milenario baobab cuyo tronco, nudoso, formidable, parecía apresar en su corteza rugosa los rostros distorsionados de cientos de guerreros y soldados heridos de muerte en alguna épica y cruenta batalla.

Sus ojos verdes contemplaron con agonía la pira funeraria donde sería inmolada, acusada de brujería y nigromancia. Unos hombres barbudos y hercúleos la extirparon con brutalidad del vientre materno de la jaula y la arrastraron por el suelo como si fuera escoria.

Ataron su cuerpo esbelto y fibroso, cubierto con unos harapos derrengados y oscuros, a la altura de las ramas más bajas del baobab.

Los mismos hombres inmisericordes que la habían apaleado y tullido la izaron con unas maromas, mientras otros secuaces arborícolas remataban la nefanda labor del anclaje de su cuerpo, suspendido a unos siete u ocho metros de altura.

La joven muchacha irlandesa, de cutis lactescente y lacia cabellera larga y rubia, imploró misericordia, pero aquella caterva degenerada de palurdos sólo entendía el lenguaje vesánico del paroxismo cerril.

Descubrió a muchos amigos, buena gente a la que había sanado con sus hierbas medicinales, entre la barahúnda atronadora.

Esa gente que otrora le brindara cariño y agradecimiento ahora la anatematizaba imprecando blasfemias y exabruptos viles. Se unían pues a la bola ígnea de denuestos y maldiciones de sus convecinos. Achacaban a sus “artes curativas” el inopinado y atroz brote devastador de la peste.

Lumer, el huraño y bajito sacristán de la señera villa irlandesa de Firewitch, prendió la llama de la ira seguido de un rugido fervoroso por parte de las coléricas masas. A los pocos minutos, el fuego purificador abrasó a la hechicera, convirtiendo su cuerpo en colgajos de ascuas hediondas ligadas de manera grotesca a las ramas carbonizadas del baobab.

Una semana después Zelea, la hermana bastarda de la bruja sacrificada, entraba como un ciclón en una ruinosa cabaña señera en medio del monte de los alcotanes ciegos. Su madre era la quincuagésima víctima de la peste.

Firewitch se extinguía como una candela a causa del azote de la enfermedad. Apresuradamente, con el fulgor de la esperanza bailando en sus ojos de color de miel, le dio a beber un extraño brebaje mientras le bombardeaba con delirantes promesas de curación que la madre achacó a la incipiente llamada de la locura.

Sin duda había perdido el juicio y por ello, en su alocución, irrumpía abrupto y sonoro el nombre de su hermana Circe.

Entre los velámenes calinosos de su enfermedad, creyó la madre escuchar una historia anómala sobre el milagroso renacimiento del baobab donde el pueblo había mortificado a su otra hija.

El brebaje, extraído de la corteza incólume del árbol abrasado, se lo había dado la propia hechicera, que ahora vagaba errabunda, convertida en brisa y recuerdo, como un lamento vivo en el bosque de los druidas grises.

El medicamento hizo efecto y revirtió la mácula ponzoñosa de la enfermedad a los pocos días. La gente estaba sanando. Zelea les había suministrado idéntica receta y acudían en procesión al bosque de los druidas grises.

Azuzada por la curiosidad, la anciana Galea se acercó hasta allí, renqueante, con la ayuda de un cayado vetusto y de su hija Zelea.

Las gentes humildes de toda la comarca se hallaban postradas, orantes ante un majestuoso altar floral erigido a los pies del colosal baobab donde había perecido entre las llamas la hechicera Circe.

La anciana madre rompió a llorar cuando, entre los rostros desfigurados que se adivinaban apresados en la rugosa corteza milenaria, creyó distinguir el de su hija. En su semblante se transfiguraba la piedad, como si fuera un estigma antinatural del árbol que había renacido de sus cenizas.


Galea, arrodillada, penitente ante el árbol inmortal, izó la mirada, contemplando alucinada la formación de unas nubes rosadas que tenían forma de sonrisa y que, de pronto, trocaban su silueta rolliza por las curvas sinuosas de una mujer errabunda que se convertía en brisa y en recuerdo, como un lamento vivo del bosque de los druidas grises.

domingo, 28 de agosto de 2016

DOS PALABRAS -RELATOS CORTOS-




Dos palabras me arrancaron de un reino de silencio y sombras. Era consciente del tacto sobre mi mano pétrea, como si un ejército de hormigas “trafagosas” la recorriera viajando en fila india hacia mis dedos entumecidos.

El aire rancio de la caverna transportaba vocablos abstrusos que sonaban como gruñidos guturales producidos por monstruos escondidos.

La música risueña de un acordeón buscaba la vereda hacia mi corazón a través de mis oídos sellados. Recuerdo con congoja el frío desalmado, que dejó mi cuerpo y mi alma yertos, a expensas de la vileza de un implacable aterimiento.

La caverna era infinita y lóbrega, y sólo me acompañaba en mi errabundo peregrinaje a ciegas el rumor de dos palabras, que para mí eran como el tronido de un arroyo subterráneo que me conduciría hasta la prístina luz de un nuevo renacer.

Dos palabras pletóricas de afecto y emoción me arrastraron hasta la ribera de un estuario, donde vino a recibirme una coral de ángeles cantores que decoraban mi nombre con gran alharaca y celebración.


La luz me cegaba con un claror desconocido, y los gruñidos de las bestias que me retenían al otro lado de la oscuridad cayeron en un pozo de abismal hondura. En ese preciso instante comprendí que estaba vivo, y como un náufrago renacido me sumergí en un manto de abrazos y besos, mientras mis oídos se emborrachaban de un mantra salmódico cuyo proverbio contenía tan sólo dos palabras: TE QUIERO.

CUANDO TÚ NO ESTÁS -RELATOS CORTOS-





Cuando tú no estás, la mirada se me torna túrbida y famélica de tu presencia y mi infausta silueta se convierte en lamento y sombra ciega que diera tumbos por los laberintos aciagos del averno.

Eres mi cayado y el epicentro de mi universo. Todo gira en torno a ti, como si yo fuera un nimio satélite y tú, el sistema solar.

Mi sonrisa es aprendida, se contagia de la tuya, y cuando me muestro ufano y omnisciente, omnímodo y conspicuo, no soy sino un reflejo de ti, un discípulo sobresaliente.

Soy el fruto maduro de tu cariño, comprensión y generosidad, y has convertido los eriales de mi alma en páramos de exuberante vegetación.

Mi corazón es un rapsoda que recita odas y canta con la voz de los aedos. He aprendido el lenguaje del amor y la pasión con las manos inertes de los muertos, y mi cuerpo se ha tornado volcán cuando tan acostumbrado estaba a los yertos paisajes de la soledad.

Cuando tú no estás, me circuyen las brumas calinosas y no veo las manos que antes me sujetaban y mantenían enhiesto.

El suelo que pisan mis pies parece un océano infructuoso que quisiera devorarme para borrar mi anodina existencia y mi nombre insustancial.

Cuando tú no estás el aire que inhalo se transforma en ventisca y el aire que exhalan mis pulmones es una vaharada de escarcha glaciar.

Los colores de las cosas son cortinas grises cuando tú no estás y la música, el rugido del vendaval que destroza mi coraza de impermeabilidad.

Flaquean mis piernas zancudas y patizambas por miedo a caminar sin ti a mi lado, y se apresuran a tu encuentro para nutrirse de calor y valor.

Eres mi universo y mi universo eres tú. No veo nada cuando tú no estás; me siento desnudo y mudo, apenas un vocablo con sentido escapa de mi boca de trapo: es tu nombre épico y glorioso, como una sinfonía, hermoso como un amanecer, fragante como una rosa…

Cuando tú no estás yo desaparezco como un bajel de papel en una tormenta. Mi memoria se aferra a las márgenes de tu recuerdo, donde siempre brilla el sol y las olas del mar relucen como diamantes de plata.