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BIBLIOGRAFÍA DE VÍCTOR VIRGÓS

BIBLIOGRAFÍA DE VÍCTOR VIRGÓS (ORLANDO TÜNNERMANN)

"LA CASA DE LAS 1000 PUERTAS" -A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES-

"LA PUERTA DE LOS SUEÑOS" -A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES

"EL HOTEL DE LAS ALMAS PERDIDAS". A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES

"ISLA DIAMANTE" -A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES

"SOL TENEBROSO" -A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES -.

"EL LABERINTO DEL SOL Y LA LUNA" -A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES

"LA MANSIÓN DE LOS AMORES MALHADADOS" -A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES

"AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD" (EN PROCESO DE GESTACIÓN)

"EL SANTUARIO DE LAS ROSAS NEGRAS" (EN PROCESO DE GESTACIÓN)

"SELENE MOON" (EN PROCESO DE GESTACIÓN)


VÍCTOR VIRGÓS

VÍCTOR VIRGÓS
VÍCTOR VIRGÓS (ORLANDO TÜNNERMANN)

AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD

AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD
AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD

"LA PUERTA DE LOS SUEÑOS" VÍCTOR VIRGÓS

"LA PUERTA DE LOS SUEÑOS" VÍCTOR VIRGÓS

"LA PUERTA DE LOS SUEÑOS"

"LA PUERTA DE LOS SUEÑOS" (A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES)

"LA PUERTA DE LOS SUEÑOS". VÍCTOR VIRGÓS.

BÁRBARA Y MIRANDA SON TESTIGOS DE UNA REUNIÓN CLANDESTINA DE UNA PELIGROSA BANDA DE FACINEROSOS.

SU INTROMISIÓN ACABARÁ POR ARRASTRARLAS HASTA UN DESCONOCIDO, INHÓSPITO Y DESHABITADO PUEBLO TUROLENSE, DONDE MANFRED BÖHER LLEVA A CABO UN DEMENCIAL PROGRAMA TERAPÉUTICO QUE EL LUNÁTICO MESÍAS HA DADO EN LLAMAR "LA PUERTA DE LOS SUEÑOS". SUS VIDAS CORREN PELIGRO EN MANOS DEL ESPURIO SANADOR Y SU CUADRILLA DE ENAJENADOS PROSÉLITOS.

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ISLA DIAMANTE "VÍCTOR VIRGÓS"

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LA MODELO DANESA SISSEL MADSEN ES SECUESTRADA Y DESAPARECE JUNTO A UN HOMBRE DE ENIGMÁTICA CATADURA POR ENCARGO DE UN NEFARIO EMIR.

UN TESTIGO FORTUITO RECOGERÁ UN PERIÓDICO QUE LA MODELO ARROJA AL SUELO, CON UNA ÚNICA PISTA DE SU PARADERO ESCRITA EN TINTA ROJA DE CARMÍN: "ISLA DIAMANTE".

EL HOTEL DE LAS ALMAS PERDIDAS



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CASSANDRA KOWALSKA, LA NUEVA VOCALISTA DE LA BANDA TUROLENSE SIRENAS IN LOVE, ACUDE AL HOTEL DE LAS ALMAS PERDIDAS PARA OFRECER UN CONCIERTO EN DIRECTO.

ALLÍ SE TOPARÁ CON LA PELIGROSA BANDA DE FORAJIDOS DE BARRABÁS, QUE ACABA DE ESCAPAR DEL PENAL.


EL HOTEL DE LAS ALMAS PERDIDAS

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"SOL TENEBROSO"

"SOL TENEBROSO"

"SOL TENEBROSO"

"SOL TENEBROSO" (A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES)

ARTURO SUCHIL RECIBE UNA CARTA DE SU ESPOSA PAOLA DESPUÉS DE 20 AÑOS, PERO PAOLA FUE ENTERRADA EN UNA CRIPTA DE LA ISLA DE TABARCA CUANDO MURIÓ AHOGADA AL SALIRSE SU COCHE DE LA CARRETERA Y SUMERGIRSE EN EL MAR.

ARTURO DEBE DESCUBRIR QUÉ SUBYACE TRAS LA REPENTINA "RESURRECCIÓN" DE PAOLA, QUIEN LE CITA EN EL DEPRIMENTE Y AISLADO PUEBLO TUROLENSE DE OJOS NEGROS.

"EL LABERINTO DEL SOL Y LA LUNA"

"EL LABERINTO DEL SOL Y LA LUNA"

"EL LABERINTO DEL SOL Y LA LUNA"

"EL LABERINTO DEL SOL Y LA LUNA" (A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES)

CASSANDRA KOWALSKA ES CITADA EN LA GESTORIA DE AMANCIO GUEVARA, EN PUEBLA DE SANABRIA, PARA LA LECTURA DE LAS ÚLTIMAS VOLUNTADES DE SU ABUELO, QUIEN LE DEJA TODA SU FORTUNA.

VLADIMIR KOWALSKA GUARDABA MUCHOS SECRETOS Y SU ACÉRRIMO ENEMIGO, AMANDO SALCEDO, NO PUEDE PERMITIR QUE SALGAN A LA LUZ. ENVIARÁ A SUS SICARIOS TRAS LAS HUELLAS DE CASSANDRA PARA RECUPERAR ALGO QUE SU PADRE LE ROBÓ ANTES DE SIMULAR SU PROPIA MUERTE Y LA DE SU MUJER.

LA MANSIÓN DE LOS AMORES MALHADADOS

LA MANSIÓN DE LOS AMORES MALHADADOS
LA MANSIÓN DE LOS AMORES MALHADADOS. A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES

LA MANSIÓN DE LOS AMORES MALHADADOS (A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES)

LA MANSIÓN DE LOS AMORES MALHADADOS. A LA VENTA EN WWW.AMAZON.ES


ARINSAL FUE BRUTALMENTE APALEADA Y VIOLADA POR UNOS HOMBRES 5 AÑOS ATRÁS EN UN SUBURBIO DE JORDANIA. LA DIERON POR MUERTA, PERO SOBREVIVIÓ, Y AHORA HA REGRESADO PARA COMENZAR UNA CRUZADA PERSONAL VINDICATIVA CONTRA TODOS ELLOS. NADIE ESTÁ A SALVO, NI SIQUIERA CARMELO DE LA PRIDA, UN HOMBRE ABYECTO Y PODEROSO QUE SE REFUGIA DEL MUNDO EN EL INEXPUGNABLE CASTILLO DE ARCALÍS.

AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD (EN PROCESO DE GESTACIÓN)

AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD (EN PROCESO DE GESTACIÓN)

AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD

"AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD"

(EN PROCESO DE GESTACIÓN)

CUANDO ÁLEX MERCURY OBSERVA EL EXTERIOR A TRAVÉS DE LA VENTANILLA DEL TREN, VISLUMBRA ATÓNITO EL ESPERPÉNTICO, SINIESTRO Y DESOLADOR PAISAJE DE "JYS; LA ESTACIÓN DEL TIEMPO".

TRACI NO ESTÁ A SU LADO; HA DESAPARECIDO, AL IGUAL QUE EL RESTO. EL TREN ESTÁ VACÍO. NO HAY NADIE, SÓLO SILENCIO Y UNA LUZ CENICIENTA QUE LO ENVUELVE TODO EN UN SUDARIO GRIS OSCURO.

ALGO INEXPLICABLE SUCEDIÓ CUANDO LOS HACES DE LUZ ENGULLERON AL TREN, CUANDO CRUZÓ AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD.

"AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD"

"AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD"

EL CLUB DE LOS MUERTOS VIVIENTES

"EL CLUB DE LOS MUERTOS VIVIENTES" (EN PROCESO DE GESTACIÓN)


HAN PASADO VARIOS SIGLOS DESDE QUE CINCO PRISIONEROS DE UNA CÁRCEL DE MÁXIMA SEGURIDAD FUERAN MANTENIDOS EN UN ESTADO DE COMA INDUCIDO. AHORA HAN DESPERTADO, PERO EL MUNDO QUE RECORDABAN HA DESAPARECIDO....

VÍCTOR VIRGÓS

"EL SANTUARIO DE LAS ROSAS NEGRAS" EN PROCESO DE GESTACIÓN

"EL SANTUARIO DE LAS ROSAS NEGRAS" EN PROCESO DE GESTACIÓN

"EL SANTUARIO DE LAS ROSAS NEGRAS" EN PROCESO DE GESTACIÓN

EL SANTUARIO DE LAS ROSAS NEGRAS (EN PROCESO DE GESTACIÓN)

EL PUEBLO BURGALENSE DE CORTIGUERA PARECÍA ABANDONADO, DEVORADO POR LA VEGETACIÓN SALVAJE, TAN HERMOSO Y ESPECTRAL A LA VEZ, CON AQUELLAS MANSIONES BLASONADAS DONDE YA NO VIVÍA NADIE. LAS BARRERAS A LA ENTRADA DEL PUEBLO, CON AQUELLA PROHIBICIÓN EXPLÍCITA DE ACCESO A LOS NIÑOS, RESULTABAN INQUIETANTES; TANTO COMO EL ALBINO DE OJOS AZULES, TANTO COMO EL EXIGUO REDUCTO DE HURAÑOS LUGAREÑOS QUE PROTEGÍAN CON DESPROPORCIONADO CELO EL BOSCOSO SENDERO QUE CONDUCÍA AL SANTUARIO DE LAS ROSAS NEGRAS.

SELENE MOON

SELENE MOON

"SELENE MOON"

"SELENE MOON" (EN PROCESO DE GESTACIÓN)


CUANDO EL DETECTIVE ORLANDO TÜNNERMANN ACUDE AL TEATRO "LA CUARTA PARED" PARA ASISTIR A LOS ENSAYOS DE LA OBRA "LA NOVIA DE LA MUERTE", LE ANUNCIAN QUE LA BAILARINA PRINCIPAL, SELENE MOON, HA DEJADO LA COMPAÑÍA TEATRAL PRECIPITADAMENTE, SIN PREVIO AVISO, ENVUELTA EN UN HALO DE MISTERIO Y URGENCIA.

EN SU CAMERINO, ORLANDO ENCUENTRA UNA PEQUEÑA CUARTILLA CON UN SUCINTO MENSAJE ESCRITO: "NO DEJES DE BUSCARME, DETECTIVE"

viernes, 23 de septiembre de 2016

MIEDO AL TELÉFONO -RELATOS CORTOS-



Sufre arritmias y taquicardias cada vez que el teléfono del salón emite su estridente sonido apremiante e iterativo. Es un modelo vetusto, una pieza de museo, un trofeo para coleccionistas amarrados a las telarañas de la nostalgia. El viejo aparato de color negro perteneció a su abuelo Leoncio. Desde entonces, el maldito cacharro fue rebotando en bucles temporales hasta la casa junto a la playa que acababa de comprar Maximiliano con el dinero que había obtenido por la venta del piso en la calle de Ribera de Curtidores en Madrid. Lo observo disgustado, transido de aborrecimiento. Subió el volumen del televisor, como si así pudiera evitar que los recuerdos siguiesen tejiendo pesadillas en sus sueños turbados. No funcionaba. Casilda ya no estaba. Una banda de facinerosos mexicanos la había asesinado con despiadada frialdad, pese a sus ruegos y demandas de indulgencia, pese al pago millonario exigido por la nefaria caterva de criminales. El teléfono negro que
había pertenecido a sus antepasados sonó aquella tarde de un 16 de Agosto de 2009 con un lamento funesto que anunciaba una tragedia anunciada. Una voz metálica y neutral le anunciaba que Casilda había aparecido esposada de pies y manos en el interior de un pozo en desuso de una cabaña abandonada, a pocos kilómetros de un villorrio mexicano de nombre Bernal.

Una fuerza invisible e incomprensible amordazaba su voluntad cada vez que un arrebato brutal tomaba el control de sus emociones y quería destruirlo, quemarlo en una pira funeraria, arrojarlo al mar, enterrarlo en la playa como si fuera el cadáver corrupto de su peor enemigo. Tal vez todo hubiera sido un mal sueño. Tal vez Casilda siguiera viva y era ella quien llamaba ahora con tenaz insistencia. Tal vez el teléfono negro contaba mentiras, como si fuera un engendro maligno que existiera con el único fin de atormentarle y burlarse de su sufrimiento. Tal vez mañana despertara de su pesadilla y el cuerpo esbelto y bello de Casilda estuviera como siempre lo estuvo junto al suyo, caliente, suave, rendido por los deleites de la pasión. Tal vez escucharía su voz meliflua cuando descolgara el auricular. El teléfono negro sonaba y sonaba en el salón, pero Maximiliano estaba
petrificado en su sillón, preguntándose si todo aquello había sido un mal sueño, si era Casilda quien llamaba para pedirle que fuera a rescatarla del aguacero atronador que convertía las calles de Puerto Banús en un lecho acuoso y deslizante, acariciadas por las tenues luces amarillentas de unas farolas que parecían llorar bajo el telón oscuro de una noche impenetrable de un invierno eterno.

LA MONTAÑA DE FRUSLERÍAS -RELATOS CORTOS-



Media vida le ha llevado ascender hasta la cúspide, demoliendo a su paso las osamentas devoradas de sus inanes adversarios. Desde las alturas siderales de su montaña de fruslerías columbra Evaristo cómo los cóndores y los gavilanes planean sometidos bajo sus pies. En la lontananza se extiende su imperio de bagatelas de oropel, cegándole el juicio con marchitos relumbres. La muchedumbre mundana consume miserias consuetudinarias y yerra apelmazada como un ejército de hormigas lisiadas.

¡Allá rutilan sus castillos y navegan sus bajeles! Atracan los navíos transatlánticos frente a las interminables monstruosidades de hormigón que ha erigido frente a la costa: hoteles de cuatro y cinco estrellas de altanería rayana a su egolatría.

Desde su faraónica montaña de fruslerías el mundo parece reductible y dúctil, y sus triviales moradores, meros borrones de un gazapo olvidable. Se deja Evaristo acariciar por una brisa sedosa y plateada. Se gira ensimismado para sembrar su verborrea en los oídos de vasallos menoscabados y parias sin futuro.


Pero está solo, colgado de un sueño paranoide entre las nubes. No hay siervos rindiendo pleitesía ante sus pies que hilvanen loas y odas y prosopopeyas en honor a su excelsitud. Tan sólo la estólida voz del eco le acompaña sobre su perecedera montaña de nimiedades, repitiendo en un canto monomaníaco que lo tiene todo, y sin embargo no tiene más que una baldía montaña de fruslerías.

jueves, 22 de septiembre de 2016

EL TRIBUNAL -RELATOS CORTOS-




Esta mañana, mientras trinaban dichosos los verderones, ruiseñores y jilgueros, mientras el viento juglar cincelaba en las nubes poemas de amor, he decidido instituir mi propio tribunal. De ahora en adelante seré yo quien tome las riendas desnortadas de tu calesa, para que no te acechen las dudas sobre adónde debes ir y con quién. También te haré saber, para mi propia satisfacción, pues la tuya me es indiferente, cuales deben ser las respuestas que darás cuando se te pregunte. Seré el juez que dictamine cada uno de tus pensamientos y movimientos, así como el verdugo que intoxique tu criterio, de manera que tu idiosincrasia parezca tan extravagante como una playa sin oleaje.

Somos análogos en nuestra ordinaria humanidad, pero tu única prebenda será la del testigo mudo de su propia vida. Esta mañana amanecí arrogante y he decidido instaurar un tribunal, para jugar a ser Dios con tu vida y con la de los demás. Calla, no opines, no discrepes, obedece y punto, pues esta mañana desperté con ínfulas de magistrado y saqué de la chistera un tribunal.

EL PIRÓMANO -RELATOS CORTOS-




Como castillos de arena sucumben los abedules, olmos, cipreses y tejos centenarios que fueran refugio de amantes nocturnos y morada de lechuzas nocherniegas (nocturnas). Leandro sonríe taimado y socarrón cuando las llamas anaranjadas lamen las copas de los árboles, cuya altura suprema parece decidida a pintar arañazos sobre el lienzo cerúleo del cielo.

Nadie puede verle, tan solo como está en medio de un paraje de ensueño que pronto será un yermo sudario de lágrimas cenicientas y ascuas gastadas. Retorna ya el alunado pirómano a su tranquila y anodina aldea, donde espera María, su esposa, y sus infantes inocentes, que nada saben de las aguas tenebrosas donde bracea febril su padre. No saben que ese hombre afectuoso, que siempre trae regalos de la ciudad, es un enfermo consumido por una obsesión ígnea (con el fuego).

Pero la casa está vacía. Entonces recuerda Leandro que su familia acude cada viernes por la tarde a la cabaña roja y amarilla de Agnes, la dicharachera dependienta de la floristería que queda al otro lado del bosque. Las llamas han convertido el paraíso terrenal en los calderos de un infierno gestado con sus propias manos. Ya suenan las sirenas. El denso humo negro se eleva, dibujando funestas fumarolas. Leandro corre desesperado en pos de su familia. Suenan sirenas lejanas. Galopa el corazón en su pecho. Leandro sólo puede pensar en María y sus retoños, apresados en las garras de un fuego voraz, nacido de un delirio con nombre de incendio devastador y armas de destrucción masiva.

EL PINTOR DE LAS CALLES MUDAS -RELATOS CORTOS DE VÍCTOR VIRGÓS-



Le he pintado unos ojos a la tristeza de mi calle mugrienta, y una boca en su rostro, para que cuando me miren reciten mi nombre.

Son los sueños dementes de un iluso sin mayor patrimonio que el de sus recuerdos. Soy el pintor de las calles mudas. Nadie me observa, todos me evitan y quienes me hablan, lo hacen para descargar sobre mí blasfemias o vacuas expresiones afligidas de lástima o misericordia.

Una vez yo fui un alma presurosa que pasaba por la vida con un corazón de hielo y ojos sellados de invidente. Jamás me conmovió la presencia perpetua del pordiosero mendicante, que me obligaba a forzar el paso o desviar mi trayectoria.

Ahora yo soy la sombra de la vergüenza que mancilla las calles y tú, el reflejo fatuo de mis recuerdos. En las paredes dibujo ensoñaciones y desvaríos de una mente trastornada por la soledad.

Conecto contigo cuando, por un instante, rozas mi alma clavando tu pupila en mi pupila, o esbozando una sonrisa pasajera, que yo atesoro en mi arcón de regalos sin nombre ni envoltorio.




martes, 20 de septiembre de 2016

EL MUÑECO AVERIADO -RELATOS CORTOS-



Soy un muñeco averiado perdido en un océano inextricable de competencia absurda, apariencia, vana presunción y ludibrio gratuito. Estoy averiado, lo claman a voces mis neuronas y mis taras flagrantes, que dan pábulo a soeces e inmisericordes chascarrillos. El mundo rota vertiginoso a un ritmo frenético, como de locomotora descarrilada. Trastabillan con frecuencia mis pies, torpes y bisoños, para solaz y alharaca popular de aviesos y lenguaraces que se expresan en el dialecto del escarnio y la exclusión elitista.

Mi boca prorrumpe inopinadamente comentarios vergonzantes que propagan sobre mi humilde e inocua persona calumnias y befa corrosiva.

Mi mente se atolondra con aspavientos dramáticos y huye espantada,  cuando mi lengua se columpia en balbuceos timoratos que acaban por teñir una soflama carmesí en mi semblante.

Soy diferente, no funciono, estoy averiado, discurro lentamente, como un río atrapado en el subsuelo que no quisiera emerger.

Estoy averiado y no conjugo con los arquetipos consuetudinarios.


Soy un niño avejentado y un adulto en estado de involución. Mi refugio es el anonimato y mi morada la ovalada “catedral” de un cascarón. La soledad me acompaña sin juzgarme ni desterrarme. Rocía mi alma defenestrada con arrullos lenitivos que asedan mis temores y acallan el tormento febril de existir como un defectuoso muñeco averiado.

EL REY PRISIONERO -RELATOS DE VÍCTOR VIRGÓS-

FOTO ORIGINAL DE PETR PROKOP

EL REY PRISIONERO

Desde su celda de piedra el rey Albin columbró un día más el paisaje socarrado que una vez fuera su reino. El cautivo en la deprimente torre negra ya no era un niño, sino un hombre fornido y apuesto que había contemplado con sus ojos del color del cielo despejado todos los horrores concebibles por la imaginación humana. Pero nada podía hacer él tras aquellos barrotes de acero, su única ventana al mundo extenso e ignoto más allá de los lagos y bosques que en otra época fueran motivo de orgullo para todos los habitantes de Nanortalik. Las hordas de vampiros lo habían arrasado todo durante las dos décadas que llevaba apresado, condenado a los suplicios de la humedad, el frío, la oscuridad más absoluta y la soledad eternos. Sin embargo, algo había cambiado en las últimas semanas. Era un silencio renovado y esperanzador tras los clamores de la batalla.

No había acudido nadie a torturarle en los últimos días. Pero había un detalle mucho más perturbador que no lograba Albin discernir si pertenecía al espectro de la locura, la enfermedad, la fantasía o la realidad. Acaso hubiera sido un sueño. En él, una mujer rubia de belleza sin parangón daba caza a un exiguo ejército de vampiros que habían huido de una carnicería sin precedentes y que había dejado a sus huestes al borde de la extinción. La poderosa guerrera se llamaba Selene. A lomos de un unicornio blanco venía a devolverle su reino al rey destronado. Creía haberla visto cabalgar, montada en esa criatura fabulosa, cruzando el lago y los bosques, invocando su nombre. El rey Albin estaba débil y su salud era valetudinaria. Deliraba, sin duda. Aunque lo pretendiera, su voz quebrada y desnutrida no lograría emitir una sola señal de auxilio que ella pudiera escuchar a través de la imponente distancia que les separaba. Además, ¿de qué serviría, cuando estaba convencido de que su mente jugaba con él, mostrándole espejismos, imágenes que no existían en realidad, que eran solo proyecciones de su desesperación?

Pasaron seis noches, con amaneceres cenicientos y noches lóbregas que le devolvían a la vesania, hasta que el sueño volvió a reproducirse con inquietante marco de veracidad. La puerta de su celda se abría con un gañido anciano y quejicoso. La luz lo bañaba todo con un desconocido resplandor similar a una cascada de fuego. Entonces ella, la mujer guerrera, invadía el claustrofóbico habitáculo que había sido testigo de la transformación de un niño timorato en hombre gallardo y valeroso y se arrodillaba a sus pies con una reverencia. Albin percibió cómo las mejillas le quedaban surcadas por un torrente de lágrimas cálidas cuando la mujer le habló, le dijo su nombre y le anunció que el reino de Nanortalik, así como todos los territorios de la Corona, más allá de los mares, los bosques y las montañas, habían sido definitivamente recuperados. El exterminio de los vampiros era absoluto y su cautiverio por fin había llegado a su fin.

EL MAR DE LAS OLAS DE PLATA -RELATOS CORTOS-



Me desperté a causa del silencio. Las sirenas del mar de las olas de plata no cantaban, enviando a los bajeles a una muerte segura al colisionar contra la guadaña de los afilados farallones. Desde mi pequeña alcoba, en la cúspide del castillo que otea el océano, sólo me llegaba el murmullo remoto de las olas, luchando las unas contra las otras para besar las tersas arenas níveas de la playa infinita.

Mis pies desnudos me dirigieron hasta una angosta ventana ojival que me traía cada mañana aromas salitrosos. Bajé la mirada para posarla junto a la orilla del mar. Lo que contemplaron mis ojos cerúleos dejó mi ánimo convulso. Mi padre estaba rodeado por un séquito de invasoras sirenas plateadas; las mismas hechiceras que diezmaban nuestros ejércitos con sus cantares insidiosos. Parecía un fantasma grotesco cuando me enfundé el blanco camisón de mi madre y descendí a toda prisa por la escalera de caracol, de altos peldaños de roca carcomida y porosa.

Mi cuerpo menudo e infantil a duras penas se intuía entre las holguras de gigante. Trastabillé repetidas veces, y con ímprobos esfuerzos logré asir e izar la espada de mi hermano Federico, que en sus manos siempre lucía gallarda e invencible.

Arrastré mi figura ridícula hasta la playa conquistada, balanceándome a los caprichos de una tizona que no lograba gobernar. Acudí al socorro de mi padre, circuido de temibles sirenas embaucadoras. Pero la espada respondió a los designios de la gravedad y me hizo desplomar, abatida y abochornada ante el consejo de beldades oceánicas de cuerpos argénteos.

Una de ellas se aprestó amorosa a auxiliarme, y en ese ademán caritativo y maternal, la dulzura de sus ojos y la risa cantarina de su voz, colegí que no existía asedio ni amenaza. Las sirenas me miraban divertidas, y mi padre parecía participar de su alborozo. Aquella mañana, arrebolada como estaba de pura verecundia, fue testigo de la firma de una tregua de paz, que pondría fin a los cantos traicioneros y las lides ancestrales.


domingo, 18 de septiembre de 2016

EL INQUILINO DEL CINE REX -RELATOS CORTOS-




La puerta del cine Rex llevaba más de tres décadas cerrada, formando con su adusta clausura parte del sempiterno paisaje calmado. Por ello, Aurelio Martos corrió enseguida a buscar al alcalde, Cosme Corcuera, para informarle de que la verja, gris plomizo, había sido profanada.

No se había atrevido a entrar, le explicaba nervioso al orondo preboste, a quien encontró, como de costumbre, junto a Eulogio, Evaristo y Matías echando una partida de mus en el único bar del pueblo que aún no se había caído a cachos: “La doncella del río Negro”.

Clotilde Segarra hacía ganchillo en una mesa recoleta junto a su hermana Gertrudis. Murmuraban indecencias sobre el borracho empedernido que llegaba dando tumbos con nuevas tan inquietantes e inverosímiles.

La cuadrilla de ociosos labriegos jubilados, comandada por el rudo y soez Eulogio Valbuena, se mofó de Aurelio, cuya reputación de chalado le precedía desde que fuera bien sabido por todos que parlamentaba con las ranas que, según él, no eran sino heraldos de su difunta Mariela.

Los mensajes de ultratumba de los anuros le reconfortaban y estaba convencido Aurelio del místico vínculo sobrenatural.

Cosme se hurgó la nariz sin el menor decoro y frunció el ceño para evitar que sus enormes gafas de pasta negra siguieran descendiendo por la rampa de su masiva nariz de fisonomía africana.

El abdomen abultado quería escapar del redil de su camisa blanca de rayas finas y negras escasamente abotonada. Era un hombre apegado con celo a la definición del garrulo por antonomasia. Sus cejas eran densos nubarrones negros, unidos íntimamente en una frente sebosa y casi siempre sudorosa. Tenía el pelo negro y corto, sucio, empinado en la zona de la nuca, como si aquella región trasera fuera una sede central de antenas de comunicación.

-¿Qué te pasa Aurelio? ¿Por qué vienes tan agitado? ¿Qué te han dicho las ranas esta vez? ¿Se está portando bien tu mujer ahí arriba?

El socarrón comentario fue recibido con oleadas de alharaca por parte de los zafios compañeros de sobremesa y las gazmoñas hermanas Segarra, que, de tan beatas como eran, no hacían más que inventar patéticas excusas y pedir disculpas si se perdían uno solo de los tediosos e iterativos sermones infumables del crápula párroco Don Zacarías.

La sorna acompañaba al estrafalario Aurelio como si fuera un amuleto vilipendioso amarrado a su cuello delgado de avestruz.

-No han sido las ranas esta vez –Se defendió Aurelio, como si no hubiese calado en él la ponzoñosa puñalada del ludibrio. Con sus dedos toscos y arrugados de albañil retirado, se retorció los cabellos despeinados y rizados, haciendo bucles entre sus falanges sucias y callosas.

Tenía un rostro como de globo de fiesta de cumpleaños, tez trigueña y socarrada y expresión infantil y tarada.

-Alguien ha forzado la entrada del cine Rex. Yo mismo lo he visto –“…con estos ojos de rana…” se le olvidó añadir, pensó malévolo el alcalde en su habitual faceta desdeñosa-.

-Pero no me he atrevido a entrar –Prosiguió- y he venido enseguida a contártelo.

-Arrugó entre las manos una raída boina de cuadros negros y grises, tan antigua como los cimientos enterrados de la primigenia Hayastan. Cosme le miró circunspecto, dio descanso a sus fosas nasales horadadas y se levantó ceremonioso, como un orangután después de una pesada siesta.

-Pues habrá que acercarse hasta allí y ver qué ha pasado, ¿no te parece, Aurelio?

El aludido asintió, encantado con que el alcalde valorase su opinión.

-Seguro que es cosa de Tocho y Yoel… esos zascandiles siempre andan enredando. ¡Mano dura es lo que les hace falta a esos mocosos! Pero claro… como sus padres no les educan como Dios manda, andan siempre desmadrados…

El alcalde obvió la sugerencia de las hermanas, así como el resto de asistentes, indiferentes a su perorata.

Un modesto pelotón de aldeanos, encabezados por el alcalde, atravesó en pocos minutos el minúsculo pueblo de Gusandanos y arribó a la entrada del cine Rex.

Las hermanas Segarra se habían quedado atrás, solas, orando en la iglesia por las almas descarriadas o las de los fallecidos en alguna guerra olvidada…

Por su parte, Evaristo y Matías prefirieron acercarse hasta la orilla del río Negro para matar el tiempo departiendo sobre asuntos hueros, mientras se zambullían en el bucólico paisaje de prados y vacas que pastaban como siluetas obesas e inanimadas.

Cosme entró primero, seguido de Aurelio, Eulogio, Ataulfo, (el herrero de la comarca), y su esposa rumana, Corina, que cosía y zurcía a velocidades inadmisibles para el ser humano…

Inmediatamente se le unieron Agapito Salcedo y su compañero de brigada, Ernesto Coll. Desde el interior, hediondo y cochambroso,  oscuro como una gruta subterránea, les llegaba el sonido de una melodía disparatada e infantil.

Avanzaron en silencio como un hatajo de espectros medrosos. Ahora encabezaba la manada el dueto Agapito-Ernesto.

Habló el primero con estentórea voz impostada. Era un hombre bajito de rostro simiesco que gustaba de baladronear acerca de intrépidas misiones que, presuntamente, le habían encomendado en el País Vasco durante sus años de mocedad. Todo el mundo en Gusandanos aceptaba de buen grado  sus historias inventadas y hacía como que creían hasta la última palabra de sus artificiosas aranas.

-¡Es la policía!  ¿Quién anda ahí? ¡Salga muy despacio con las manos en alto!

“Demasiado teatral”, rezongó Eulogio propinándole un codazo de complicidad al alcalde. Ernesto, sin embargó, admiró el aplomo y profesionalidad de su superior.

Eulogio volvió a la carga e hizo un comentario de lo más inapropiado sobre el tufo que encerraba el local y cuya autoría, según él, recaía en el herrero o su patitiesa mujer; dos verdaderos pazguatos que se orinaban encima con las historias de fantasmas que contaban los niños en los campamentos de verano.

-He oído música… -Susurró en voz baja Aurelio, como si hubiese descubierto una nueva constelación-

-La hemos oído todos, idiota… ¿Para qué has venido? ¿Por qué no te largas con las ranas a croar un rato? Aquí ya no pintas nada.

Eulogio buscó la aprobación de sus palabras en el resto del grupo, pero sólo la halló en el sarcástico alcalde. ¿Oís esos pasos? –Bramó en guardia Agapito-

Así era. Alguien se aproximaba, arrastrando los pies palmípedos y una figura grotesca, extremadamente magra… extremadamente alta.

-¡No se mueva! ¡Alto! ¡Es la policía! ¡Quédese donde está y no haga ningún movimiento! ¡Ernesto! Ponle las esposas a este “pájaro”…

Agapito, divulgando órdenes, era como un feriante charlatán que vendiera oropeles a mitad de precio.

El aludido quedó estático, rasgando la oscuridad con su silueta discordante: manos gigantes, crines de jamelgo y un aspecto global de mendicante horrendo.

Ernesto le amarró las manos con eficacia y lo empujó unos metros, como si fuera un presente que ofreciera en sacrificio a los dioses del Olimpo. El grupúsculo de “exploradores” quedó sobrecogido por la sorpresa.

-¡Nicanor! ¡Dios mío! Pero… ¿Qué te ha pasado? ¡Estás horrible! ¿Dónde te has metido todos estos años?

Cosme contempló sobrecogido a aquel hombre astroso vestido de payaso que había desaparecido una tarde después de una función ante unos niños en un colegio de Zamora.

-Te ha estado buscando todo el mundo desde hace más de 5 años –Continuó Aurelio, con la emoción erupcionando a borbotones por sus ojos saltones.

-No lo sé… No me acuerdo de nada. Sólo me acuerdo de este traje de payaso… y que tenía que volver a Gusandanos, pero no sé por qué… ¿Acaso yo vivía aquí?

Eulogio se abstuvo de proferir comentario alguno y, sobrepasado por la emoción, abrazó a su hermano. El alzheimer le había raptado para llevárselo lejos, pero su hermano lo había derrotado con la artillería de la añoranza y el amor fraternal.


EL EDÉN DE MINERVA -RELATOS CORTOS-



Habían pasado  más de siete años desde la última vez que Cecilio Valbuena visitara Paraíso Alto. Sus sentimientos hacia aquella villa turolense estaban entreverados con la vergüenza y la nostalgia.

Los yermos parajes se habían tornado ubérrimos prados asilvestrados, allá donde la tierra fuera limosa y parda.

Observó el aspecto asalvajado de los valles y colinas que lindaban con la hacienda de Minerva. Incluso más allá, donde la vista se fundía con la lontananza, se percibían los contornos hebrosos de extensos maizales que nadie trabajaba.

Crecían montaraces, sin más amo que el Sol y el viento…

Un verdor con ínfulas de amarillo chillón coloreaba el horizonte sobre hectáreas de bucólica presencia. La hacienda de Minerva debía estar cerca… acaso abrazada a los pastos. Espadañas y aneas inventaban un mosaico natural de filamentos espigados arracimados.

Los campos áridos de Paraíso Alto se habían transformado en una jungla de titulación pastoril. Cecilio se abrió paso entre la maleza, de crecimiento autónomo, evocando antiguos escarceos con la lozana Minerva: su primer y único amor, a quien dejara plantada en el altar en un inopinado arranque de pánico y dudas existenciales…

La recordaba rubicunda y feliz, con su larga cabellera bruna, rostro ovalado y anatomía rebosante. Siempre se configuraba en su faz una curvada sonrisa pícara e insinuante; los prolegómenos de la tentación.

Minerva siempre estaba encendida para él, como un faro en la noche. Jamás miró a otro hombre con el deseo como consigna. Por ello, no daba crédito a la perorata desmandada de Eugenia, la castañera. Le había contado que, tras su ausencia, rubricada por el desplante oprobioso, se había vuelto extremadamente procaz y promiscua. Alternaba tanto con hombres como mujeres de cualquier condición, estado civil o edad.

Eladio, el herrero, corroboraba la historia de libido desenfrenada y añadía un ingrediente malsano: Minerva había perdido la chaveta y ahora se dedicaba al arte contemporáneo, recluida en una chabola en medio del campo, hablando sola y riendo sin motivo…

Lo mismo dibujaba zapatillas que crecían en árboles de semblante lagomorfo que esculpía corceles ataviados con traje de etiqueta y chaqué.
En la tahona de Hermenegildo, Daniela y Benita, las chismosas regionales, contaban que se habían enterado de que trabajaba de sol a sol en su próxima exposición estrafalaria: ARTE DOMÉSTICO.

Cecilio comenzó a casar piezas descabaladas y proyectó una imagen de la voluptuosa Minerva, tejiendo calcetines con fauces lobunas y cuberterías flotantes que hablaban con refinadas vajillas, platos, cubiertos, ollas y sartenes.

Su casa, triangular, un chamizo, de madera blanca, engullida por ronchas de cochambre oscura, emergió por fin tras la tupida vegetación, acomodada entre dos olmos que competían por atrapar la luz.

Reparó en un rudimentario poste blanco frente a la vivienda, donde podía leerse: EL EDÉN DE MINERVA. VISITA MI EXPOSICIÓN DE ARTE DOMÉSTICO.

La casa, así como el entorno, tenía por compañero al abandono que conferenciaba con los muertos.

En cierto modo se sentía responsable. Si él no hubiese salido despavorido por temor al compromiso siete años atrás… Ahora serían felices. Vivirían en una inmensa casona solariega, rodeados de niños y campos de azucenas. Había regresado a Paraíso Alto con la firme intención de redimir su culpa y pedirle a Minerva la exoneración.

Le compensaría por todo el daño que le había provocado. Vivía holgadamente en un apartamento junto a Central Park.

No se proyectaba el menor fulgor desde el interior. Minerva no se encontraba allí en ese momento. Esperaría. Repasó mentalmente qué palabras utilizaría para blandir su huera defensa. No encontró ninguna. Su acción había resultado desleal y pérfida.

Estaba nervioso; había pasado tanto tiempo… ¿Qué le diría cuando le viera ante su casa, siete años después, retomando el inciso de su afrentosa fuga?

¿Movimiento imaginario y fugaz? Una cortina mecida…  el paso de un fantasma oscuro tras la ventana…

Cecilio creyó vislumbrar una silueta agazapada tras la ventana cubierta de mugre. Se acercó a la puerta y llamó con los nudillos. No hubo respuesta, la puerta estaba abierta, entornada…

Entró, sigiloso, torpe, como un ratero inexperto que tropezara con todos los muebles y encendiera las luces de la casa al apoyarse contra una pared.

La casa estaba completamente vacía. Un salón desangelado, sin mayor abrigo que el polvo hacinado en los rodapiés y unos trapos colgando de un riel.

Al fondo, tres puertas triangulares negras con rombos blancos y rojos. Optó por la del medio, que resonó con un gemido bovino cuando accionó la manivela de plata deslucida.

Más allá, otra puerta, cruzando una estancia desierta. Era de plástico, a tiras perfectamente regulares, como las que uno podía encontrar en los mataderos. El hedor, al otro lado de la franja translúcida, era insoportable. Se abrió paso entre cartones agujereados, bolsas, botellas de vidrio enmohecidas, probetas y otros trebejos baladíes.

Cecilio se vio rodeado de toscos moscardones, enormes, revoloteando atontados…

El olor a sangre coagulada lo invadía todo… sangre coagulada, o todavía babeante, descendía en grotescos arroyos de manos, cabezas, torsos, pechos, piernas y pies que pendían del techo como arañas de un palacio.

En las paredes, unos rótulos bermejos anunciaban: MINERVA GRAUSS. EXPOSICIÓN DE ARTE DOMÉSTICO.

¿Arte doméstico? Lo llamaba arte doméstico… Minerva, el gran amor de su vida, que con los años se había vuelto loca, había conciliado en su hogar dos conceptos grotescos y antagonistas: la muerte en su estado más truculento y atroz y el arte, transformado en masacre carnicera.

Salió de allí reprimiendo las lágrimas y las arcadas. A duras penas llegó de nuevo al salón, tambaleándose como un gaznápiro borracho.

Se abrió la puerta de la casa. Un nuevo visitante…

Minerva, ya estaba de vuelta, o tal vez nunca se fuera. Tal vez le esperaba, escuchando detrás de alguna de las dos puertas triangulares que había desestimado para pronunciarse por la del medio, la que él había traspasado momentos antes…

Se encontraron en el desamparado salón, como dos almas huérfanas en medio de un abismo insondable. Durante unos segundos, Cecilio observó a su amada sin reconocerla en absoluto, tratando de hallar en su mirada alucinada un mínimo atisbo de aquel fulgor apasionado que le enamoró…

Minerva había desaparecido… aunque seguía siendo hermosa, su belleza lo era tanto como podía serlo la de una bestia en su hábitat natural…

Sus ojos oscuros parecían viciados por la perpetua enajenación; oteaban embelesados el origen del universo y la formación de las galaxias…

Cuando sus miradas confluyeron no hubo reconocimiento ni amor. No hubo instante mágico de reencuentro y reconciliación. Sobraban las palabras, eran ya vacuas las explicaciones de su marcha precipitada y ruin. El inciso de años de separación no venía solapado a suaves melodías de emoción.

Minerva, la dulce Minerva, plantada ante el altar, observó a su presa  enjaulada. En su mano derecha portaba un machete de matarife ensangrentado. En la izquierda, la cabeza decapitada de una mujer.

Toda la magia que pudiera haberse concitado en aquel momento se desprendió de posibilidad, para tornarse pesadilla funesta y último hálito de vida.

-Pero… ¡Dios mío, Minerva! ¿Qué te ha sucedido? ¿Qué es lo que has hecho?

Ella sonrió, contemplando el cosmos delineado en el techo, y la formación de las galaxias, atravesando la escayola en estallidos de colores. Avanzaba desafiante, dejando un reguero de sangre que salpicaba desde la punta del machete tiznado de carmesí.

Cuando habló, cuando sus labios se separaron para proferir unas palabras, fue una sentencia lo que escuchara Cecilio por última vez en toda su vida:

-Primero acabaré con ella, después, empezaré contigo. ¡Qué afortunado eres! Formarás parte de mi nueva muestra de arte doméstico, ¿no es maravilloso?

-EL EDÉN DE MINERVA- VÍCTOR VIRGÓS-




  



















EL CONEJO NEGRO -RELATOS CORTOS-


El gañido de las bisagras, tan quejumbrosas y retorcidas como las viejas articulaciones atrofiadas de tía Margaret, delataron la presencia del visitante nocturno. Mandy se arrebujó en unas tupidas mantas de felpa para espiar al furtivo personaje.

Desde su escondite bajo la mesa camilla, donde solía mantener locuaces conversaciones con risueños seres oníricos fecundados en sus sueños, la niña contempló su figura amazacotada, como de oso cavernario.

Las penumbras del salón se habían confabulado con el siniestro merodeador y replegaban su semblante en un halo tétrico de misterio. Arredrada, resolvió que debía proteger a su familia, que dormía plácidamente, ajena a la inesperada amenaza en ciernes. Reptó como una escolopendra hasta la cocina y allí, buscó algún objeto con el cual repeler al asaltante. A su regreso, lo encontró arrodillado en el suelo, como un penitente. Portaba un enorme paquete en las manos, que, curiosamente, oscilaba de un modo extraño, como si éste tuviera vida propia. Un indefinible vagido provenía del interior.

Mandy, acaso envalentonada por el oneroso peso de la responsabilidad, lo golpeó repetidas veces con una tosca escoba. El visitante se giró alarmado. Era su padre, que cayó desparramado sobre una preciosa caja de colores, repleta de guirnaldas y lazos. Del interior, aterrado, dando brincos desesperados, se escabulló bajo su mesa camilla un precioso y orondo conejo negro. Era su regalo de cumpleaños.